rumiar la biblioteca: 2013

lunes, 30 de diciembre de 2013

Dorothy Baker y el jazz

Dorothy Baker, El chico de la trompeta (1938), traducción de Ismael Attrache, ilustración de Alberto Gamón, Zaragoza, Contraseña (2013)
http://www.editorialcontrasena.es/book.php?id=32

Tonificante y trepidante novela sobre un joven trompetista de jazz, allá por los años veinte, es decir, casi al comienzo del jazz o cuando la música que era música para bailar comienza a querer ser música para escuchar, o lo que es lo mismo: inicios de la improvisación, o variación de las melodías por todos conocidas.

Dorothy Baker no es ni la mamá ni la tía hermana ni familiar más o menos lejana de Chet Baker, y la novela está inspirada en la figura de Bix Beiderbecke, pero yo me olvidaría de este dato en primer lugar porque no es pertinente a la narración, y, en segundo, porque limita nuestra imaginación y sobre todo nuestras referencias sonoras, y cuando uno imagina a un joven trompetista de jazz a estas alturas, es decir, en 2013, cuando hasta el jazz ha recorrido lo suyo y apenas si sobrevive con respiración artificial y los músicos que lo practican como también los aficionados son algo similar a una reliquia de cuatro chalados dinosaurios, tienes mucho donde elegir, mucho en cuanto a sonido y en cuanto a lo que se entiende por interpretación e improvisación, y quedarnos con Beiderbecke e incluso con los años veinte, nos corta las alas.

Lo cierto es que en mi caso ni siquiera tuve mucho que imaginar, porque mientras leía al otra lado de la casa sonaba You go to my head, canción de 1938, fecha de publicación de la novela, porque fue tarde de sesión de las muchas que acontecen al final del pasillo. Por gentileza del espíritu del solsticio que me trajo a estos intérpretes junto al ambiente de jazz club de los cincuenta que latía entre frase y frase de lectura, linkeo una grabación espontánea que invito a escuchar para seguir leyendo. (Dicen por ahí que es una perla.)



Dicho esto, y jugando con la ventaja de las trompetas que ni Dorothy Baker había siquiera escuchado todavía, aplaudo el tratamiento del asunto: ni tenemos allí el discurso sobre música y en concreto sobre jazz al que estamos acostumbrados en literatura, es decir, el discurso del crítico de jazz, sino que todo lo que allí se cuenta es tan de músicos y tan jazzmen, infundido de ese aire que más tarde descubriremos en las célebres autobiografías de jazz, como la de Duke Ellington, Miles Davis, Chet Baker, Charles Mingus, etcétera, que hasta estoy tentada, si no fuera porque me faltan datos e investigar exaustivamente no me apetece, de afirmar que esta es la novela modelo, novela inauguradora de todo aquello que se relaciona con el contar algo que tenga que ver con este género musical.
Aquí las trompetas o los saxos no chorrean luz dorada ni los toms son posaderas de gordas africanas, sino que más bien leemos cosas de este tipo:

"Y fue allí donde el negro le enseñó al blanco lo que es el ritmo, aunque no de forma teórica. Mediante el ejemplo. 'Fíjate en esto', le decía antes de comenzar uno nuevo. 'Y en este. ¿Esto otro qué te parece?' Le iba presentando ejemplos de su obra, hasta que consiguió que Rick fuese capaz de soltar una carcajada espontánea al descubrir un patrón nuevo, prácticamente imposible de desentrañar, después de eso podía pasar de todo; Rick ya era un hombre marcado, un devoto de la síncopa de por vida." (Un resumen de la historia del jazz, ¿eh?)

"Si buscabas las voces separadas te dabas cuenta de lo bien que lo hacía cada uno, desde luego, pero después dejabas que el oído captara todo el conjunto, y ahí lo tenías." (Explicación bien explícita de cómo se escucha música.)

"Hacer solos sin grandes complicaciones no era una mala idea desde el punto de vista pedagógico; si Jeff lo hubiera razonado, indudablemente le habría dicho que antes de crear algo realmente innovador hay que conocer lo convencional." (Aplicable a todo el arte en general.)

"No se le ocurría el qué; solo pensaba en el cómo." (Esta es la mejor definición de jazz.)

Por lo demás, Baker escribe con elegancia e ironía, dos cualidades estupendas para cualquier novela. Y es novela tan desenfadada y divertida, tan auténtica y fresca, tan poco envejecida que me atrevería a decir que incluso los músicos, si leyeran más, la disfrutarían.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Vila-Matas, lector de Vila-Matas

Enrique Vila-Matas, Fuera de aquí, Barcelona, Galaxia Gutenberg (2013)
http://www.galaxiagutenberg.com/libros/fuera-de-aqui.aspx

Digamos que Fuera de aquí es algo así como Vila-Matas leyendo a Vila-Matas. Con esto me refiero a un escritor (o su estilo), leyéndose a sí mismo. O quizá: desdoblándose y mirándose a un espejo, ¿espejo? No es espejo, es ombligo. O quizá: el dibujo de un ombligo de un presunto Vila-Matas, dibujado por él mismo. Ombligo o espiral, de trazo improvisado o al menos con aspecto de espontaneidad.

Formato blog, me soplan en la editorial. Y yo me pregunto si eso que Vila-Matas llama estilo Vila-Matas, es decir, el metaficcional y autoficcional, el ficcional a secas, digamos, o mejor: el que mete ficción a todo lo que toca (¡y a todo lo que conduce!, sopla otro listillo), no dejará de hacerlo en esta blogentrevista impresa con fotos y fragmentos y textos inéditos (metameditativos), donde la presencia de la realidad (ya que tenemos a un testigo, Gabastou) debería enderezarlo. No sé bien lo que significa enderezar (quizá aderezar), pero lo cierto es que Fuera de aquí es un rizar el rizo. 

Claro, tanto automitografía (como un Dalí de nuestro tiempo) donde la duda es la mejor aliada, me refiero a la duda sobre la realidad, o para precisar: la interpretación de la realidad, que al final no sabemos (y disfrutamos como enanos) de si aquello es construcción o deconstrucción, a la manera de Paul de Man y su autobiografía como desfiguración.
La entrevista como desfiguración. (Y como género literario.)
Vila-Matas está allí, pero también está fuera de allí. Aunque diría que sigue acertando y comportándose con total honestidad con respecto a la problemática del escritor y del lector, a sus irónicos quebraderos de cabeza, a su monstruosidad. A la manera de la teoría o crítica literaria tal como es entendida desde el siglo XX y de la que yo misma fui alumna con Jordi Llovet y Nora Catelli.


Sabemos que el estilo de Vila-Matas es en parte explicar en qué consiste su estilo, hacerlo explícito, o lo que es lo mismo: leer a Vila-Matas es leer las instrucciones para leer a Vila-Matas. Pero la impresión al leer Fuera de aquí fue la de no saber si el hecho de explicar no responde también a que los lectores vilamatianos (los metalectores) parece que escasean. Ambos puntos de vista se complementan y podrían ser ciertos, me digo. El lector ha desaparecido, también, diluyéndose. Al igual que el autor, el lector está en peligro (dijo Piglia y lo metió en un libro). Se ha desfigurado y entorpecido, de modo que pareciera que no tiene más remedio que darle una palmadita de ánimo y explicarle con claridad eso que hace al escribir, su sistema de creación, explicar en qué consiste el estilo Vila-Matas al pobrecito lector.

Hace un tiempo escuché decir al editor de Copi (al que, por cierto, el que nos ocupa tradujo), que sin duda Copi debía su grandeza sobre todo a la fortuna de haber tenido buenos lectores, excelentes lectores. Pareciera que Vila-Matas no se fía de quien se acerca, no encuentra al lector que, sin ayuda, sepa descifrar lo que hay que descifrar, o más bien se aprovecha y hace literatura de ese desencuentro.






"¿Narrativa normal? ¿Cómo interpretar algo así? ¿Narrativa que no marea la perdiz y toma la línea recta para contar algo? Creo que detrás de la división bolañesca se esconde un conflicto entre el impulso antiintelectual de la cultura de masas que no ha parado de crear monstruos y narradores sencillos —toda esa serie incesante de escritores que se adaptan, que se someten a cierta tentación analfabeta y se presentan ante los lectores (para no asustar) como personas no intelectuales, alejadas de esa casta de gente que lo enrarece todo porque piensa demasiado— y el impulso de los que huyen de la narración lineal y conversan sobre libros y se interrogan acerca de cuestiones relacionadas con la realidad misma de la literatura, en busca siempre de nuevas formas que ayuden a encontrar la salida a tantas novelas decimonónicas y tantas obras vanguardistas mal copiadas: gente que ama la vieja oscuridad o dificultad en la construcción de historias, estilo Faulkner, o estilo Macedonio (Fernández), tanto da mientras se mantenga el espíritu de la complejidad y el laberinto." 


*

De tanto desaparecer, hasta el texto mismo tiende a borronarse, no por escasez sino por sobreabundancia. Por la falta de costumbre de imponerse. Porque, como dice Piglia, la gente mira al lado para que alguien diga si un texto es bueno. Por no saber caer en la cuneta, y no en la cuenta, errata que muchas veces dejaría tal cual. Digamos que la literatura del futuro puede que sobreviva en la cuneta. 
Hay un fragmento que me parece sumamente revelador:

"Habrá escritores escondidos que serán muy conscientes de que el éxito de su obra dependerá únicamente de la opinión que uno tenga sobre ella. 'Piensa bien de ti, y habrás ganado. Pierde tu autoestima, y estás perdido', se dirán para sí mismos. Y, dada la incultura que reinará en el mundo entero —peor aún que la actual, lo cual ya es decir—, se sentirán muy felices de haber sabido apartarse, de haber sabido situarse literalmente fuera de aquí."




lunes, 16 de diciembre de 2013

Antonio Di Benedetto o el relevo

Antonio Di Benedetto, Zama (1956), Madrid, Alfaguara (1992)
http://www.alfaguara.com/es/libro/zama/

Relectura y vuelta a caer, menos mal que sentada y de una sentada, en Zama, la historia de Diego de Zama, un leguleyo funcionario del virreinato del Plata, escrita con una prosa de estilo enrarecido, como si la rareza de una prosa templada y con pinceladas castizas y eufonía de obra de teatro fuese natural y del todo realista en el discurso de este señorito que poco a poco va perdiendo señoría y dignidad, que lo único que desea es escapar, si el ascenso llega, de esas tierras alejadas de la mano de Dios.

"Yo, en medio de toda la tierra de un Continente, que me resultaba invisible, aunque lo sentía en torno, como un paraíso desolado y excesivamente inmenso para mis piernas. Para nadie existía América, sino para mí; pero no existía sino en mis necesidades, en mis deseos y en mis temores." 

Contada en tres actos, porque no difiere mucho de una tragedia, la espera de Zama se va rarificando y contaminando de resignación a marchas forzadas en tres momentos distintos cada vez más sumergidos en algo kafkiano (por lo pesadillesco) y beckettiano (por lo irónico-absurdo), aunque de humor fiestero bastante cervantino.  

"Yo no quería decidir. / Quien escribe un libro, a veces, es capaz de acciones de desprendimiento. Yo presentía y anhelaba que Manuel Fernández, ese hombrecillo escritor de libros, me permitiera salir sin cargas morales de aquel enredo. Él podía asumir el sacrificio."

Pesco satisfecha aunque posiblemente obsesionada cierta línea que identifico en Machado de Assís y que se extiende y desarrolla por esas latitudes y se releva hasta desflecarse, por ejemplo, en Levrero o Bolaño, o por ser más precisa: la línea que desarrolla el humor absurdo, la pasión sensual y de los celos, la inquietud y el delirio de persecusión, la paranoia y hasta la arbitrariedad de las reacciones, y se me antojó un intermediario y di con un relevo en mis baldas. 

"Comenzaba la tarde, pero tanto mal me había dado aquel día que me espantaba continuarlo. Sin embargo, no se puede renunciar a vivir medio día: o el resto de la eternidad o nada."





Decoro con un trozo de entrevista, porque parece fantasma desvanecido en la memoria de las letras; aparecido a veces, como ambrosía y celebración.  



"Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí. / Siempre se espera más."

lunes, 9 de diciembre de 2013

Mario Levrero o la meditación caligráfica

Mario Levrero, El discurso vacío, Barcelona, Caballo de Troya (2007)
http://www.megustaleer.com/ficha/CT94128/el-discurso-vacio

El intento por no hablar de nada en concreto, como una especie de meditación, es decir, dejar que los pensamientos fluyan sin detenerse en ninguno y seguir atento a la respiración. Lo mismo hace Levrero en este diario: se propone evitar la narración para prestar atención únicamente a la letra, a cómo la letra se dibuja en la página, a la dificultad para dibujarla, a cómo la mano se apresura a terminar de llenar la hoja cuando queda poco para completarla, y eso no está bien, dice, porque al darse prisa se está adelantando a los acontecimientos, y de lo que se trata es de conseguir escribir con la mente en blanco: concentrarse únicamente en la caligrafía.

El discurso vacío es algo así como un diario cotidiano (en la línea que desarrollará más tarde en La novela luminosa) sobre cómo la caligrafía determina la temática y cómo se consigue, acostumbrado a narrar, luchar para dejar de hacerlo.

Comienza el diario con el siguiente planteamiento: si existen estudios caligráficos que ponen de manifiesto la personalidad de quien escribre, ¿qué pasaría si cambiamos la caligrafía, cambiaría nuestra personalidad?

¿La caligrafía determinará también el estilo? Por no narrar, Levrero acude a describir: así conocemos los movimientos del perro, que junto a la atención del dibujo de la letra, se transforma en el protagonista del libro. No escondo que enseguida sentí por él cierta simpatía, quizá por traerme a la memoria al que fuera mi propio perro, y también porque dicen que las mascotas, como la caligrafía, se parecen a sus dueños.
(Apunte: averiguar si existe algún estudio comparativo entre aquellos autores que por lo general narran sobre perros y los que suelen tirar hacia los gatos, y si además a alguien se le ha ocurrido detectar rasgos comunes entre los más sofisticados adoradores de mariposas, pájaros, peces, reptiles e incluso plantas de todo tipo. Servirse de antologías para la tarea. Yo imagino una antología sobre perros que siga esta línea: Cervantes, "El coloquio de los perros"; Kafka, "Investigaciones de un perro"; Bulgákov, Corazón de perro; Bioy Casares, De cara al sol; Auster, Tombuctú; Levrero, El discurso vacío o "Los carros de fuego", que empieza por gato y termina en perro; Askildsen, "Allí está enterrado el perro", "Los perros de Tesalónica", o cualquiera de Askildsen, porque todos se comportan como perros; etc. Seguramente me dejo un montón de perros, por olvido o desconocimiento; de todos modos ya es una colección algo larga para un solo tomo, larga y hasta quizá poco rentable, pero tonificante.)

"La gente suele incluso decirme: 'Ahí tiene un argumento para una de sus novelas', como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo.  Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, olvidar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones."






lunes, 2 de diciembre de 2013

Lo proustiano: José Donoso y Alan Pauls



Marcel Proust, Sobre la lectura,
traducción de Manuel Arranz,
Valencia, Pre-textos (2002)
Dice Marcel Proust en Sobre la lectura que una de las grandes cualidades de los bellos libros es eso que el autor llamaría "conclusiones" pero que para el lector se transforman en "incitaciones". Y se explica: "Somos conscientes de que nuestra sabiduría empieza donde la del autor termina, y quisiéramos que nos dieran respuestas cuando todo lo que pueden hacer por nosotros es excitar nuestros deseos".

Acto seguido evocamos la lectura de En busca del tiempo perdido recordando cuál fue el deseo que nos produjo: revivimos el lugar, el tiempo que hacía fuera, el paisaje en la ventana, las interrupciones deliberadas o ajenas, algunos momentos-bostezo entremezclados con el deleite en recorrer esas frases tan largas y subordinadas, en las que el protagonismo de detalles insignificantes, gestos mínimos y elementos cotidianos (¡una madalena!) pueden desencadenar innumerables hilos narrativos y situacionales... 

Cada uno sabrá dar forma a eso que la madalena ha evocado en nosotros, o si vamos más lejos, si hemos sido capaces de encontrar una madalena para nosotros, si hemos extrapolado eso que en Proust es madalena y en nosotros vaya uno a saber qué, cómo y sobre todo cuándo, porque está por ver si eso que en Proust es madalena se materializará (o no) en nosotros como el objeto que ha despertado nuestra evocación, con la misma entidad que esa madalena cuando el tiempo haya pasado y tengamos una perspectiva que nos permita recuperar una vida entera, y entonces nos demos cuenta de que no hemos hecho más que perder el tiempo. ¡Cuánto tiempo perdido!, nos diremos si resulta que no hemos conseguido dar con algo parecido a esa madalena. 

Pero no quiero hablar o sobre todo especular sobre el deseo que la lectura de la serie completa ha incitado en mí, de mi suerte al leer la serie completa (no voy a fanfarronear de haber cobrado por espacios), sino de dos lecturas que extrajeron de allí digno impulso creativo y del todo deseoso:


José Donoso, Mascarada,
México, FCE (2006)
José Donoso construye un homenaje y a la vez una parodia en "El tiempo perdido", una novela corta en la que se nos cuenta la última noche de un joven que está a punto de viajar a París con una beca. Donoso acierta al narrarnos las peripecias con una voz à la Proust, donde los personajes se identifican con cada uno de los personajes de la celebrada novela, pero sobre todo da en la diana cuando intercala los diálogos entre los personajes, porque las palabras que ellos dicen no están teñidas del estilo del narrador. Todo aquello tan proustiano se cae de un plumazo y se evidencia el hechizo. Es novela irónica y estimulante, y por lo demás aborda con humor el tema de la mitomanía de lo que significa Europa para los sudamericanos y su consiguiente sensación de decepción: el París que el joven se encuentra no se parece en nada al leído.


Alan Pauls, Historia del dinero,
Barcelona, Anagrama (2013)
Otro caso, aunque diferente, es el de Alan Pauls: impecable reformulación de la proustinfluencia en su prosa, deseo de madalena que es deseo de escribir, y no hablo de deseo exclusivamente porque justo (ay, casualidad) se trate de uno de esos escritores que se deja desear, sino porque aborda desde el placer y el gozo el oficio de juntar palabras. Historia del dinero es la última parte de una trilogía que busca indagar y contarnos los años setenta en Argentina a partir de aquello cotidiano y por ello transparente (si es que se puede decir del dinero que es transparente), aquello que se ha dejado de lado al narrar la década donde lo político se inmiscuye en cada hueco. Trilogía que es, de un modo diría que explícito, una recherche de todo aquello perdido: los setenta vistos desde tres ángulos poco habituales y sumamente cotidianos.

Vidas de clase media en las que el dinero importa: el dinero es madalena para muchos de nosotros; un billete perdido puede hacernos desfallecer de búsqueda: tener algo de dinero, ni mucho ni poco, nos alerta de que podemos perderlo.

Dice el mismo Pauls (con ese aire un poco histérico y refinado) que no es más que una novela porno sobre el dinero: el billete obsceno, explícito, en todas partes, en cada escena, en todas las relaciones.
Detengámonos un momento: casi un espejo de la realidad.

Aquí dejo un vídeo donde explica, con su humor característico, en qué consiste Historia del dinero:


 
 

lunes, 25 de noviembre de 2013

Lucía Puenzo, El médico alemán y el espanto







Ando rumiando sobre el dilema entre la aceptación honesta de la diversidad y la ambición humana por la perfecta simetría.
En esta película de Lucía Puenzo, El médico alemán (Wacolda), ambigua y por eso mismo incómoda (oh, ambigüedad, oh, verdad resbaladiza y diana de nuestras contradicciones), asistimos a un diálogo entre el padre y la niña en donde se dice: todas las personas son diferentes y esa es la gracia de la especie humana.
El padre le dice esto a su hija, la que no ha crecido lo suficiente, mientras confecciona una de sus muñecas, todas diferentes. Ahora bien, en cuanto al padre se le presenta la posibilidad de la manufactura en serie, se olvida de la belleza de la imperfección. No hace falta decir que la hija añora ser más alta, y quién no.
Si la belleza radica en la imperfección, deberíamos aceptar la diversidad toda, incluso aquella que molesta, aquella que queremos "mejorar". En esto estamos todos de acuerdo: se trata de una temática remanida aunque siempre engorrosa. No solo la diferencia, también la enfermedad. No solo la belleza, también la vejez y la posiblidad de la muerte.
Temática capaz de abarcar incontables baldas y reflexiones sesudas en no pocas mentes despiertas, no cabe duda de ello. Por eso creo que la película toca allí donde duele: al molesto asunto de la imperfección se le suma el abismo del nazismo, y como adopta ese punto de vista algo ambiguo, deja al espectador en un sitio donde no le queda más remedio que aceptar su propia hipocresía. 
Salí del cine pensando en médicos, en farmacéuticas, en hormonas de crecimiento, en tratamientos de fertilidad, en cirujía plástica y sobre todo en circos, entre otras cosas, y también recordando una lectura prolífica y por momentos muchísimo más incómoda: En Hotel Finisterre (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012), Miguel Morey pone en boca de uno de sus personajes lo siguiente: 
"¿Por qué se ha silenciado una y otra vez hasta qué punto es deudor nuestro conocimiento de hoy, incluso el de hoy, de aquellos experimentos? ¿Acaso no se ofreció, poco después, una amnistía a todos los científicos que, habiendo realizado un trabajo científico en los campos nazis y nipones, aceptaran emigrar a los Estados Unidos con los resultados de sus experimentos – no puede negarse, las cifras cantan…?
Sobreimpresas ahora en la pantalla, las cifras que cantan…
¿No es bastante prueba esta de que eran experimentos necesarios, que simplemente había que ser lo suficientemente fuerte como para llevarlos a cabo?
Si fuera preciso, la prueba palpable la dan las imágenes: Wernher von Braun, Rudolph Hermann, Arthur Rudolph, Hubertus Strughold…"
Se trata de uno de esos médicos amorales, uno de los que conviven con el espanto.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Alejandro Zambra o la novela taller

Alejandro Zambra, Formas de volver a casa, Barcelona, Anagrama (2011)
http://www.anagrama-ed.es/titulo/NH_487

"Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla", nos dice Zambra en esta novela taller, donde la ficción y la realidad se abastardan, donde la historia privada, la de padres e hijos, se enfrenta al tribunal. Parece novela de la dictadura, de héroes y cobardes, cierto, pero sobre todo es novela del proceso de rememorar y de la vacilación al elegir los momentos. Es vaivén entre escribir la ficción y mostrar cómo hacerlo.

"Recordamos más bien los ruidos de las imágenes. Y a veces, al escribir, limpiamos todo, como si de ese modo avanzáramos hacia algún lado. Deberíamos simplemente describir esos ruidos, esas manchas en la memoria."

Formas de volver a casa se parece bastante a un laboratorio, un ensayo de prueba-error en el que los recuerdos son traidos a tirones o aparecidos de improviso en el mismo instante de juntar palabras, a pesar de que la operación se lleve a cabo dubitando.

También reflexiona sobre cómo la escritura es experiencia de conocimiento, o para ser más preciso: es transitar algo parecido a una revelación, aunque siempre tropezando. Pero sobre todo escribir es responder a la necesidad de leer por fin aquello deseado, o como dijo Walter Benjamin en algún sitio: escribimos aquello que nos gustaría haber leído.

"Abandonamos un libro cuando comprendemos que no estaba para nosotros. De tanto querer leerlo creímos que nos correspondía escribirlo. Estábamos cansados de esperar que alguien escribiera el libro que queríamos leer."
 
Por lo demás, su estilo es minimalista y al tiempo autorrumiante, y como la obra, al igual que las mascotas, suele parecerse al autor (o al menos a alguna de sus formas), dejo aquí para el curioso una entrevista, gentileza de Canal-L:







lunes, 11 de noviembre de 2013

Iosi Havilio y el hiperrealismo

Iosi Havilio, Paraísos (2012), Barcelona, Caballo de Troya (2013) 


Aquello que la protagonista y narradora de esta historia no se cansa de mostrarnos, pobrecitos lectores impacientes, ávidos de emoción, es que ella sufre de algo parecido a lo que el DSM llama "alexitimia" o incapacidad de sentir, es decir, la abulia abosluta, la rutina del no sé, la neutralidad prístina y boba. Dan ganas de darle una palmadita en el trasero, de tirarle de las orejas, de sacudirla para que despierte. Dan ganas de pellizcarla. Pero la desgana es persistente y Havilio la sobreexpone en la página: el hiperrealismo de su estilo o esas descripciones minuciosas que terminan por exasperarnos, reflejan sin trampas la voz de esta muchacha.

Leo suelta esta novela que continúa una anterior, Opendoor, y por eso no llego a saber si esta incapacidad de sentir, de transmitir, de tomar decisiones es un rasgo de su personalidad o más bien un paréntesis, un estado de shock: su marido ha muerto en un accidente, acaban de desalojarla y tiene que buscarse la vida en la capital. Eso de buscarse la vida es un decir, porque es la vida quien la encuentra a ella, o mejor, la arrastra con su inercia. Sin embargo sobrevive, se acopla a planes descabellados porque nunca sabe qué hacer. No sabe ni quiere saber; por no querer ni siquiera desea: será que el paraíso, además de un árbol, se asemeja al nirvana hindú, el de no desear ni esperar.

A mitad de libro a punto está de ocurrir una desgracia, y por fin la vemos actuar, decidir y hasta sentir miedo, e incluso pensamos que la justicia es implacable y que la castigará por tanta dejadez. Pero la novela es tan realista que enseguida el miedo se disipa y todo vuelve a la normalidad.


Por lo demás nadie dudará en celebrar que el estilo neutro e hiperrealista en descripciones a lo Camus en El extranjero o quizá un poco nouveau roman reitera el sabor de boca: la indecisión, la incapacidad, la banalidad de lo cotidiano. Porque muchas decisiones nos toman a nosotros, aunque nos guste pensar lo contrario.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Ariana Harwicz o la asfixia

Ariana Harwicz, Matate, amor, Madrid, Lengua de Trapo (2012)
http://www.lenguadetrapo.com/libro.php?sec=NB&item=335

Discurso de la asfixia el de Matate, amor; de la mujer con ganas de eso que no es eso que tiene al alcance de la mano, ni marido ni hijo ni familia ni ella misma ni cielo ni campo, y aunque todo lo toma y todo lo intenta (la tentación del asesinato-suicidio acechando; la atracción de la locura como fuga; la fascinación de la violencia para apaciguar a esa bestia del bosque que es ella misma; la utilización sistemática del sexo como paliativo a su hartazgo) y aunque intenta hacerse a un costado, desentenderse, hundirse en el colchón de hojas del bosque y quedarse bien quieta, esa que solo conecta (a ver si de esa forma cobra sentido) con la mirada de un ciervo (el único que la ha mirado con la comprensión instantánea de la fuerza vital, de la angustia de la existencia), nada de todo eso logra cambiar su discurso del que apenas si podemos desentendernos desde el principio hasta la última página.

Desmitificación, también, del rol de la mujer como madre-esposa y siempre alegre y complaciente compañera de la que, si uno prefiere quedarse con el tabú de la depresión posparto, mejor que evite lecturas como estas.

Sorpresa, sin duda, porque la voz y la prosa y el estilo es hipnótico y lírico y abunda en imágenes; texto que transforma y que nos deja con regusto a ansiedad durante un buen rato.





lunes, 28 de octubre de 2013

Alrededor o desaliento derridiano

Fuera, lejos, desprendida de mi mesa de trabajo, esa mesa o lugar que ahora es no-lugar (o lugar-simbólico-recuerdo, un cable a tierra allí donde sé que habita mi concentración y eso que a veces llamo proyectos), espero soñolienta y desganada y abúlica de poner los dedos en la máquina de las palabras, pero espero, digo, que al llegar a esa mesa de mí consiga incorporarme a la corriente de los devaneos que ahora se ha diluido en mí, y a saber si la corriente notará el paréntesis, y a saber si sabrá sacarle provecho, ese fluir que ahora conservo como deseo y cicatriz en la piel de mis codos gastados.

Lejos, aunque posiblemente alrededor de mí (si puedo nombrarme sin mesa de trabajo, si puedo decir yo y acostumbrarme a este nuevo escenario que acaba por descolocarme y apartarme del discurrir de mí), atino a rememorar ese imaginario derridiano ahora que estoy alrededor, ahora que habito la periferia de mi propio trabajo, como si trabajo fuese mesa de trabajo, como si apartarse de esa mesa y fugarse de esa mesa fuese la ruptura del convencimiento de ese trabajo, como si alejarse me dejara un regusto de duda, de si vale la pena escribir. Escribir, ese acto obceno, dice Derrida, ese mostrarse al desnudo y enseguida pedir perdón por la desfachatez.

Lejos y al mismo tiempo hospitalaria con cada desgaje, porque desgajarse obliga a suponer un límite y también un anclaje, acogedora con cada alejarse porque irremediablemente uno vuelve allí, porque situarse un poco en el afuera o la periferia de sí tergiversa las convicciones y las pone sobre la mesa y las baraja y las muestra. (Aclaro que soy torpe para las trampas y nunca supe guardarme el as en la manga.)

Exilada de mí me extravío en el sinsentido de mi trabajo y transito uno extranjero: se trata de un documental de Jacques Derrida en Arte (Francia), con subtítulos en español. Una huella derridiana para el desaliento. 

http://www.youtube.com/watch?v=2dFM1OO315k

lunes, 21 de octubre de 2013

Renzi, el disidente

Ricardo Piglia, El camino de Ida, Barcelona, Anagrama (2013)
http://www.anagrama-ed.es/titulo/NH_517

El argumento: Renzi, profesor argentino invitado en la costa este de Estados Unidos, mantiene un affair clandestino con Ida, una joven brillante profesora que muere accidentalmente (sospechosamente). A partir de ahí, la novela se pone negra: detective, terrorista, denuncia social.
El material escénico de la novela fue aprovechado, nos dice Piglia, de su propia experiencia, de modo que se podría decir que construyó un policial con retazos de su propia vida, o quizá: una autobiografía de existencialismo negro.

*

Vagas aproximaciones al eco de la lectura (porque en esta novela hay muchísimas capas):

1) La ida es desgarro o desautomatización o perderse o sufrir de cristalización arborescente, según la define el médico de Renzi, es decir, "sensación de extravío" que se agrava en un sitio en el que se ha estado en el pasado y que se recuerda vagamente. Es estar escindido, como Hudson (el autor a quien Renzi dedica su seminario en Estados Unidos) decía de sí: "Me siento enancado en dos patrias, dos nostalgias, dos esencias".

Se podría argumentar que el camino es siempre de ida, y que se avanza continuamente, y que la ida nos deja en un lugar donde siempre existen al menos dos realidades posibles, una visible, otra subterránea (y esta pista aparece repetida en toda la novela, y no parece falsa: la relación amorosa-clandestina con Ida; cuando cita a Hudson hablando del tucu-tucu, una especie de topo que no se ve pero se oye; el acuario con el tiburón gigante sito en el sótano del profesor D'Amato; ese jirón de conversación escuchado en la barra de un bar que hace referencia a un taller del sótano donde quien habla confiesa encontrar la felicidad, o esos dos "Estados Unidos", uno el visible y democrático, y otro el estado subterráneo de hiper-control, el que se inmiscuye en la intimidad de las personas). Lo subterráneo está envuelto en violencia, exuda la novela.

2) La cuestión de la asimilación entre aquello tan temido y tiránico (las dictaduras militares, la URSS), y ese estado subterráneo violento y de hiper-control. "Según Munk, diagnosticarlo como un loco y no dejarlo defenderse era usar los métodos de la psiquiatría soviética, que siempre había afirmado que los disidentes eran locos porque nadie en su sano juicio podía oponerse al régimen soviético, que era un paraíso y expresaba el sentido de la historia."

3) El asunto del anarquista, Munk. El científico que envía bombas a sus colegas, quienes, según su criterio, no son otra cosa más que los ideólogos de la desaparición de la humanidad. Munk, ese Quijote-terrorista, porque ha leído y se ha infundido del espíritu de El agente secreto de Conrad, llevándolo a la práctica; Munk, que se ve obligado a poner bombas para que lo escuchen, según dice, o más precisamente para que lo lean. Matar para que lo lean, ironiza la disidente rusa, vecina de Renzi.

Después de las bombas, Munk publica un Manifiesto libertario anticapitalista. Allí expone sus razones y propone (o al menos imagina), una posible sociedad futura: "¿Qué pasa si intentamos tomar a la vez varias decisiones contradictorias y las mantenemos separadas como series abiertas? Una vida política, una vida sentimental, familiar, sexual, religiosa que tengan entre sí relaciones muy difusas (por no decir clandestinas)". [...] "(El ejercicio de imaginar mundos posibles o sociedades alternativas es una constante del pensamiento utópico, pero a nadie se le ha ocurrido salvo por accidente o por azarimaginar varias vidas personales simultáneas, radicalmente distintas unas de otras, y luego ser capaz de vivirlas.)".

4) Y Renzi se parece cada vez más a un disidente (criticón, escindido, desterrado, desconfiado y hasta delirante). Solo habla con el loco Orión, el homeless, uno que realmente puede jactarse de no pertenecer a nada ni a nadie. Renzi se recuerda revolucionario él también, o Renzi parece que empatiza con el anárquico, porque hay que recordar que la anarquía no es solo poner bombas, y que, por lo demás, sigue siendo un fantasma frustrado: la gestión por cooperativas y ayuda mutua, anti-estatal, que apenas si se ha llevado a la práctica a pesar de ser una de las ideologías más importantes del siglo XIX.

5) Me ha rondado a mí, como otra posible lectura, una ficcionalización de algo que podríamos llamar cambio de paradigma: de un sistema cerrado, dual y contrapuesto (visible/subterráneo, correspondiente a las ideas de gobierno planteadas en el siglo XIX y puestas en práctica en el XX, por lo demás, enfrentadas y equilibradas), en camino hacia la multiplicidad con la que da la sensación de que deberíamos lidiar, una democracia futurible y plural, cercana a una anarquía pacífica y de buena fe (si eso fuera posible), o quizá con la que fantaseamos (hartos ya de castas y corrientes subterráneas, detalles que la democracia debería haber echado por tierra hace rato), al menos teóricamente: la curiosidad, la auténtica meritocracia, el extrañamiento por antojo, las mezclas culturales, las teorías cuánticas, las fugas mútiples. Sería interesante leer esa utopía.

*

Quizá sea mejor escuchar a Piglia tratando de explicar su propia novela:

http://www.youtube.com/watch?v=W1CE7P19WHM



lunes, 14 de octubre de 2013

Juan Goytisolo o la fascinación

Juan Goytisolo, La saga de los Marx (1993), Barcelona, Galaxia Gutenberg (2013)

http://www.galaxiagutenberg.com/libros/la-saga-de-los-marx.aspx

Fascinante y enriquecedora la manera en que Juan Goytisolo construye esta biografía de Karl Marx, de su familia, de su ideología y de lo que significó su puesta en práctica. Fascinante, digo, porque uno no puede dejar de asombrarse y divertirse y reflexionar, todo al mismo tiempo (seductoramente entremezclado y bien tejido en la multiplicidad de este texto). Texto una y otra vez bifurcado de prosa exquisita y cervantina, renovadora de la tradición, fascinación del tejido del que no atinamos más que a maravillarnos (oh, la perfecta e irónica y siempre eufónica construcción de frases).

La saga de los Marx se divide en cinco capítulos o partes; la primera nos presenta a Marx y su familia asistiendo al derrumbe del comunismo, con un manejo caprichoso y deliberado del tiempo y los escenarios (es recomendable abordar esta lectura con conocimientos sobre el asunto). Un exceso humorístico de imaginación que a partir de la segunda parte, donde entra en escena el escritor (cierto que es novela que muestra, novela teatral), es sistemáticamente referenciado y analizado y matizado y criticado en las restantes partes. Asistimos a la crítica del editor, a una película, a un debate televisivo, a cartas y entrevistas, a escenas, en fin, oníricas donde la ficción siempre es puesta en entredicho.

Opina el editor ("por qué esos largos párrafos sin puntuación?" "lo que me hace falta son Hechos!" "manda a paseo a los eruditos y profesores que hablan de Baudrillard y Bajtín y celebran tus cronotopos!"); reflexiona el autor ("a fuerza de escribir sobre él no te estarías identificando de forma abusiva con Marx?" "acabada la hoja, comprobaste aliviado que todo el diálogo había sido obra de la incurable manía de poner tu trabajo en solfa, de inquietarte de modo enfermizo por el futuro y, a fin de cuentas, de divagar"); se defiende el propio Marx ("la Contrainternacional gobierna hoy nuestro mundo con una solidaridad de intereses de la que la masa de desposeídos carece! ha barrido no solo al proletariado y los sindicatos sino al propio Estado nacional burgués, convertida en ese conglomerado multinacional de empresas que hoy controlan las telecomunicaciones, microelectrónica, ordenadores, biotecnología y robótica, aunadas, pese a su feroz competencia, en un mercado planetario común!"); critica el falocentrismo la feminista californiana ("refuerza los estereotipos sexistas y cimientos de la sociedad patriarcal!"); se lamentan los ex soviéticos de la caída de la utopía construida; las víctimas disidentes se muestran deseosas de los frutos del capital; se defiende Bakunin; el ácrata español añora la posibilidad frustrada del anarquismo; en definitiva, dan su punto de vista todas las personas que rodearon a Marx y su ideología...

Riqueza de posiciones, abanico de posibilidades, crisol de puntos de vista, todos respondidos y cuestionados.  

Rescato un párrafo que quizá sintetice la tesis de esta (una y todas) novela(s):
"no sería más indicativo y profundo desenmascarar los mitos e instancias intermedias que operan entre el gran público y Marx, integrando en la obra los filtros a través de los que percibimos su elusiva y contradictoria personalidad? en vez que resignarse a aceptar la escritura como sierva de la tecnología, por qué no introducir los estereotipos y mediatizaciones de aquella en el ámbito de la novela, invirtiendo los papeles y subordinando las cotidianas irrupciones televisivas y sus mensajes subliminales a las reglas del campo de maniobras abierto por Cervantes?"

Publicada hace veinte años, no puedo sino pensar que sigue reflexionando sobre la actualidad. O quizá los cuestionamientos que expone sigan tan vigentes (o irresueltos) como entonces.

lunes, 7 de octubre de 2013

Samanta Schweblin y la respiración en pausa

Samanta Schweblin, Pájaros en la boca, Barcelona, Lumen (2010)
http://www.megustaleer.com/ficha/H417480/pajaros-en-la-boca

Dícese del estilo limpio, transparente, comedido; dícese de una especialización del cuento, como si la voz dijera y al tiempo construyera, hacedora de esculturas, esos textos perfectos en los que generalmente encontramos un intruso absurdo o inverosímil según la lógica de la razón, que nos mete de lleno en una dimensión paralela en la que nos acomodamos sin reservas como pacto de ficción, la misma que nos mantiene en suspenso deseando que se resuelva en algún momento (respiración en pausa, mínimo parpadeo), porque nos gusta pero al mismo tiempo queremos regresar a esta nuestra dimensión, cosa que no siempre sucede, de modo que seguimos en estado de perplejidad y eso es lo bueno.  

Dícese de una experta en la mecánica del cuento, de una que lo ha aprendido bien (ese cuento de taller de escritura, ese cuento fantástico de tradición tan argentina), del que agradecemos cada palabra, porque ninguna se echa en falta, y del que a veces, al menos en esta primera lectura, le pediríamos cierto riesgo que sí se vislumbra en piezas como "En la estepa", "Conservas", "Mi hermano Walter" , "Matar a un perro" o "La pesada valija de Benavides". De este último, por cierto, algo por debajo o quizá al costado de la página soplaba como un susurro constante: Del asesinato considerado como una de las bellas artes (Thomas de Quincey).

A la espera estamos de ese nuevo libro de cuentos al que podemos asomarnos con "Un hombre sin suerte", galardonado con el premio Juan Rulfo, que promete sumergirnos en un costado más realista y a la vez ambiguo (oh, la ambigüedad, oh, la perspectiva, me digo como un canto a Samanta-Astarté, y como deseo, porque es ahí donde queremos que la literatura nos lleve, o mejor, que se retire de golpe dejándonos con la aunténtica inquietud de todo lo cotidiano), y que linkeo aquí para comenzar a abrir apetito: http://www.espanol.rfi.fr/cultura/20121008-estos-son-los-33-cuentos-finalistas-de-la-30-edicion-0#comments



lunes, 30 de septiembre de 2013

Daniel Guebel o lo siniestro

Daniel Guebel, El perseguido (2001), Santander, El Desvelo Ediciones (2012)
http://www.eldesvelo.com/El-perseguido

En la línea Copi-Aira, para ubicarse, El perseguido nos narra una buena tunda de sandeces y sinsentidos cuyo único hilo conductor es la huida constante del protagonista, Ferretti, de las Autoridades que presuntamente vienen persiguiéndolo no se sabe desde cuándo. Golpes y retrocesos, sorpresas (cómo se agradecen) por descabelladas e hilarantes situaciones del todo absurdas o ridículas pero sobre todo encantadoras de la imaginación ("El secreto radica en llevar a cabo todo lo que se imagina"), efervescencias del subconsciente que le incitan a desdoblarse constantemente: clones, cambio de sexo, doble cinematográfico, hijo reflejo de sí.

Tentada estuve apenas terminada de someterla a una lectura de tipo psicoanalítica, o para ser más precisa: indagar en ese hilo conductor que mucho se emparenta con una teoría del espejo lacaniana una y otra vez frustrada, y aquella sensación que tan bien nos explicó Freud de lo siniestro: ese doble que es nosotros y que al mismo tiempo desconocemos.

Novela de la identidad, dicen por ahí, e imagino que pretenden decir justo lo contrario: una constante y sistemática ruptura de esa identidad.

En las citas que siguen puede masticarse y degustarse lo que se intuye como ideario narrativo (y ahora que vuelvo a leerlas me parecen bastante siniestras, en el sentido de desdoblamiento un tanto irónico —confieso que producto de verlas juntas como un manifiesto, pero eso es mi culpa— de las tan conocidas morellianas cortazarianas):

"Tal vez, pensó Ferretti, la persistencia de la nota creó por acumulación de repeticiones una cualidad de materia, algo fugaz, un intento. Y la colección de intentos, multiplicados por el tiempo, da por resultado un azar de realidad."

"La función del lenguaje es una sola: generar confusión y volver complejos los nexos copulativos."

"La repetición es la madre del estilo, y el estilo vuelve visible la estrategia de toda ideología, que triunfa cuando se presenta como 'natural'. Si yo repitiera esa frase la suficiente cantidad de veces, usted terminaría convencido de cualquier cosa que dijese luego, simplemente por el peso constante de esa afirmación vacía. Así que, fíjese... al poner en evidencia mi retórica exhibo mi sinceridad. Porque... Porque si va a convertirse en mi cliente, quiero que se entere de los riesgos."

Esa última parrafada aparece bien al principio: quien avisa no es traidor.
Yo seguí leyendo embobada, derramada, pasmada.
El delirio deviene risa contagiosa y el chasquido del lenguaje, puro regocijo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Andrés Neuman, el heredero

Andrés Neuman, El fin de la lectura, Santiago de Chile, Cuneta (2011)
http://www.editorialcuneta.com/plan-maestro/

El heredero, digo, porque desde luego que se puede afirmar sin temor a equivocarse que Andrés Neuman, al menos hasta el momento, es ese que ha tamizado y nutrido y bien rehecho la tradición boom sur-rioplatense, sobre todo el hilo onettiano-cortazariano-bolañista, como un bañista, y digo esto y pienso en esa pieza maestra incluida en esta selección de cuentos: "Alumbramiento", una delicia, el goce del que hablaba Roland Barthes, porque es texto de placer y de goce, tal y como lo define Barthes, el placer de sentarse a leer en el sillón con la manta y la taza de té y el goce de verse completamente desestabilizado, como si el suelo hubiese desaparecido junto a la manta y al té, y si nos fijamos bien hasta el sillón se ha desmaterializado, de modo que flotamos bien agarrados a las páginas, y no deje usted de leer que si mira allá abajo, aunque la niebla no permita distinguir si es valle, roca o río (ojalá que sea un río bien hondo me digo con la boca chica queriendo mirar aunque sin dejar de inmantar la vista a la letra de acero) y menos mal que me concentré y no miré y sobre todo no me solté, y por eso estoy acá cómodamente sentada escribiendo sobre cómo se vence el vértigo de la página neumaniana.  

Hacia el final de esta selección de miniaturas, dirían los músicos, asistimos a un avance de nuevos textos y otras formas de practicar el vértigo en su propia escritura que resultan estimulantes, porque da la sensación de que su estilo se depura, se torna translúcido y limpio, deviene soplo de algo honesto y cierto.

Dejo aquí para el curioso una interesante entrevista a Roland Barthes del año 1973, cuando ni Neuman ni yo habíamos nacido. Desde luego que al título de la antología, El fin de la lectura (título a su vez de uno de sus cuentos), le iría mejor un vídeo de Blanchot, no lo discuto, y hasta se podrá pensar que utilizo a Andrés Neuman para hablar de Roland Barthes, y puede que sea cierto, aunque no creo que a Neuman le disguste. 



O quizá sea mejor pensar que hablo de Andrés Neuman con la ayuda de Roland Barthes, por eso aprovecho para dejar otro vídeo del amante de las microformas (o las miniaturas), según confiesa él mismo, aunque Roland Barthes esté ya muerto.

http://cervantestv.es/2013/05/30/andres-neuman/



lunes, 16 de septiembre de 2013

Aurora Venturini o el discurso art brut

Aurora Venturini, Las primas (2007), Barcelona, Caballo de Troya (2011)
http://www.megustaleer.com/ficha/ECT94562/las-primas


El arte redime, nos dice Aurora Venturini, y lo dice con suma gracia: la narradora es inútil para todo menos para pintar. Es de aquellas que toman el arte como refugio y también trampolín, como evasión y a la vez maquillaje. Es una de esas a las que se le pegan moscas que ayudan, es cierto, pero al tiempo chupan: la mosca se tranforma en mosquito y Yuna aprende a desconfiar.

La nouvelle es, sencillamente, fantástica: su prosa abunda en pistas por allí desparramadas ("Las ideas se me desparraman cuando intento decribirla, son tantas y tontas..."), el discurso de la boba da cuenta con transparencia de las ridículas convenciones humanas, a las que zambulle en una enorme laguna de sentido del humor, bastante naïf y bien negro. Pero además nos trae todo eso a la superficie ayudándose de su estilo narrativo, de su discurrir página a página. Describe el cómo y lo manifiesta, lo torna cristalino y mágico, es decir, consigue eso tan apreciado y del que solemos disfrutar como enanos: usar el estilo para mostrarnos aquello que pasa.

"Ya dije que por dentro de mi psiquis sabía detalles y formas, que era muy distinta a la boba de afuera que hablaba sin punto y coma porque si ponía punto o coma perdía la palabra hablada. A veces ponía punto o coma para respirar pero me convenía comunicarme de viva voz rápidamente para que me entendieran y evitar lagunas silenciosas que descubrían mi incapacidad de comunicación verbal porque al escucharme a mí misma me confundían los ruidos de adentro de la cabeza y el sibilante fluir de la palabra y quedaba boquiabierta pensando que existían palabras gordas y palabras flacas, palabras negras y blancas, palabras locas y criteriosas, palabras que dormían en los diccionarios y que nadie usaba. Aquí por ejemplo usé comas. Y puntos."

"[...] y digo repitiendo a quienes tengan ocasión de leerme y paciencia al mismo tiempo porque yo misma me oigo y si la palabra escrita es tan fatigantemente bobalicona como la hablada por mí hacia adentro, quien termine esta melopea absurda me maldecirá por el tiempo que le hice perder sin poder negar que no puede dejarme a un lado porque encontró entre mis estúpidas amarguras de amor y muerte muchas de las vividas por sí mismo o misma si se trata de una dama."

A Yuna, el arte y el diccionario consiguen trascenderla.

Y no hago más que preguntarme si aquella Yuna no será un poco (imposible no pensarlo, o al menos desearlo) una Aurora ilusionada y a la que ella misma hace, ficcionándolo, justicia merecida: porque la Aurora silenciada, la de la vida cotidiana, tuvo que esperarse a los ochenta años para ser correctamente publicada y distribuida.
Aunque ella escribía y escribía...

Dejo para el curioso un audio de uno de sus mejores capítulos, por gentileza de Biblioteca Parlante Haroldo Conti:
https://www.youtube.com/watch?v=TcRJHjhtqVI




lunes, 9 de septiembre de 2013

Antonin Artaud o la sabiduría del músculo

Antonin Artaud, Œuvres, París, Gallimard (2004)
http://www.gallimard.fr/Catalogue/GALLIMARD/Quarto/OEuvres9



Había una vez un hombre llamado Antonin Artaud. A veces caminaba con un báculo por las calles de Londres y otras tomaba peyote con los indígenas mexicanos. Construyó una obra polifacética que no muchos se hubieran atrevido a escribir por descabellada, por impracticable. Y por lo mismo, se obsesionó con la pesadez de la materia y con las banales esclavitudes del hombre: el descanso, la comida, la evacuación (Ce qui importe ce n'est pas de savoir comment être, mais comment bien faire caca). 

La culpa de ello la tienen los órganos: esos tiranos cronometran las horas, mientras las fascinantes posibilidades de un cuerpo vacío y unitario quedan fuera del alcance humano.

Artaud se creía Jesucristo: él había venido al mundo para sublimar su cuerpo, para entregarlo en sacrificio y convertirlo en un signo. (Su cuerpo purificado.) 
A la tradicional superioridad de la mente sobre el cuerpo, Artaud contesta con el lema de "los músculos en libertad".

Ce n'est qu'à force de purification et d'oublie que nous pourrons retrouver la pureté de nos réactions initiales et apprendre à redonner à chaque geste de théâtre son indispensable sens humain. 


Hete aquí el Antonin Artaud de los órganos, de la crueldad (entendida como aquella violencia que uno ejerce sobre sí mismo, como por ejemplo —y esto se me ocurre ahora—, el caso de Keith Jarrett —recordemos que debido al esfuerzo y a la aplicación sistemática de la crueldad hacia sí mismo, es decir, la autoexigencia, sufrió un colapso o síndrome de fatiga crónica; además de que su performance tan orgánica puede relacionarse directamente con el teatro del cuerpo, con los fluidos de la improvisación acompañados por el cuerpo, como si tocara con el cuerpo entero, como si el lenguaje musical que traducen sus dedos vinieran directamente del músculo).



Hete aquí el Artaud que practica una poética del cuerpo, entendida como los impulsos del cuerpo, sus razones, su lenguaje (pero no como gestualidad sino como la capacidad del cuerpo en cuanto a sabiduría y en cuanto a la memoria del músculo y a su necesidad).

Asimismo, podríamos hablar de una poética de los órganos o del lenguaje muscular (posiblemente esas glosolalias del final de su vida no son otra cosa que la traducción a palabras de ese lenguaje músculo-emocional), que nace de la sabiduría de la carne, de los fluidos del cuerpo (y aquí la conexión con una posible poética de los fluidos en la escritura de la mujer, ya desarrollado en Hélène Cixous).

Eschuchad un rato, al menos, la conocidísima grabación del año 1947 Pour finir avec le jugement de Dieu:





Antonin Artaud estaba loco. Aquí un parte:
Certificat de transfert pour Ville-Évrard du 22 février 1939
Syndrome délirant de structure paranoïde. Idées actives de persécution, d'empoisonnement, de dédoublement de la personnalité. Revendications multiples, graphorrée. Excitation psychique par intervalles. Toxicomanie ancienne. Puet être transféré.
(Interesante lo de graforrea: Compulsión a escribir continuamente relatos, episodios o poesías de forma incoherente, inconexa y desorganizada.)

Desde su juventud sentía que su mente se diluía y le enloquecía no poder controlar sus pensamientos. Por ello decidió desjerarquizar la dualidad mente/cuerpo y privilegiar la carne, por ello terminó por recorrer el camino inverso: el cuerpo dicta el lenguaje (Quand nous disons quelque chose, c'est elles que nous disons).

Quizá a través del cuerpo podría sentirse dueño de sí mismo.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Del lector como exiliado

La temática sobre el escritor y el exilio es abundante; ahora recuerdo dos textos deliciosos: Múltiples moradas, de Claudio Guillén o Nosotros y los otros de Tzvetan Todorov. Pero ¿qué pasa si pensamos al lector desde el exilio?

¿Qué pasa si abordamos la lectura como una viaje, o mejor, como un haber viajado y haberse instalado en otro territorio (el texto), y desde allí, dentro del texto, entedemos el texto en sí (porque todas las claves del texto suelen estar dentro del texto, las pistas en el escenario del crimen, por usar una metáfora detectivesca), y no como suele hacerse, fuera del texto, frente al texto o, con mayor frecuencia aún, sobre el texto, por encima del texto (de esa manera podemos hablar del gusto, podemos enjuiciarlo según nuestros criterios: la novela me ha gustado, la novela no me gusta en absoluto)?

Porque todo escritor que practique la "literatura de izquierda", según la terminología de Damián Tabarovsky, es decir, la que "sabe que puede fracasar", dejará las pistas que evidencian los materiales con que la obra fue construida, y es ahí donde el lector rumiante debe indagar.

El rumiar se inmiscuye en el texto, no se enfrenta a él, se deja abrazar por el texto, transcurre rodeado por él y espera a comprenderlo, y, sobre todo, espera los disparos de ese texto: los que apuntan a sí mismo (sus claves) y los que apuntan a las tierras de donde venimos (ese nosotros: la tradición literaria en la que estamos inmersos, como lectores, como escritores).

De modo que el lector como exiliado.

Pero no como dijera Roland Barthes, en el sentido de alejado o desterrado o apartado; ni tampoco como sujeto que desea el texto (su objeto) y que se entrega al placer de ejecutarlo, sino como ese que vive y medio está asimilado en una tierra donde no ha nacido, que se ha diluido, que practica ese punto de vista anfibio, que es mitad lector-sujeto y mitad lector-objeto, es decir, que es deseado por el texto mismo, al que aceptamos, al que nos entregamos.