A veces siento la ansiedad de la velocidad en la escritura. Deseo la escritura veloz, la que arrastra, la que arremolina. Que la escritura empuje la identidad hasta deshacerla del todo. Porque sé que hay un espacio en mi mente donde reside la identidad, pero no siempre consigo dar con ella. Si salgo afuera a buscarla, tampoco se produce el apego. Entonces tengo la necesidad de perseguirla entrando en el dulce y apremiante trance de la escritura. Decir lo que jamás consigo decir, o mejor, decir aquello que verdaderamente tendría que decir, lo que quiero decir y no sé ni qué es ni cómo hacerlo. Sangre latina, cantaba Ney Matogrosso. Gente que sabe bailar, gente que convive en la mixtura. Mucho latinoamericano emigrado se va desprendiendo de la identidad como si pelara cebollas. Capa a capa, alguna lágrima. Porque no existe un carozo de la identidad, aunque intentemos perseguirla con la escritura, con la velocidad y la intensidad de la escritura, como si fuera un antídoto contra la ansiedad de la pertenencia, de la identidad.
Somos verdaderamente escritores cuando estamos escribiendo.
Todo lo de alrededor es postura, máscara. Por eso acude el deseo de la
escritura veloz, porque escribir es perseguir algún tipo de identidad. Escribir
como nadar. Dar brazada tras brazada, estar siendo mientras se hace. Escribir
como persecución. En mi mente habita un trozo donde creo que está la identidad,
la nacionalidad, la pertenencia. Cuando la busco, suele escurrirse. Cuando
salgo para encontrarla en otro lado, no consigue el apego. Lo de dentro se
emborrona, el pasado se cuenta a sí mismo pero es falso. Lo que está alrededor
no es adhesivo. Por eso acudo al tecleo: mientras la escritura esté ocurriendo
soy algo en lo que no pienso.




