rumiar la biblioteca

lunes, 19 de octubre de 2020

Tamara Kamenszain o cómo un escritor aprende a leer

 

Tamara Kamenszain, Libros chiquitos, Buenos Aires, Ampersand (2020)

https://www.edicionesampersand.com/product-page/libros-chiquitos-tamara-kamenszain

Esta colección "Lectores" de la editorial Ampersand es la constatación de que los escritores que me interesan todavía existen. Me refiero a esos escritores que son primero lectores, o mejor, que son siempre lectores y que su escritura responde a una manera de leer. O que su estilo se construye como una respuesta a una lectura. Todo escritor es ante todo un lector, al menos así lo aprendimos después de Borges.

"[...] leer y escribir es una dupla que solo puede separarse cuando se levanta la cabeza de las páginas ajenas para volver a inclinarla en las propias. Ya sé, estoy diciendo algo que es una obviedad para cualquier escritor."

Tamara Kamenszain es una poeta y ensayista argentina que en Libros chiquitos nos cuenta su personalísima manera de leer. Uno diría que no es del todo personalísima porque es parecida a la manera de leer de sus contemporáneos, y también: a la manera de leer de los alumnos de sus contemporáneos, entre los que me incluyo, alumnos de la escuela francesa, del estructuralismo, del formalismo ruso. En España: más comparatistas y teóricos literarios que filólogos. Con esto quiero decir que desde el formalismo ruso y sobre todo después de Roland Barthes aprendimos a leer mirando el cómo y no tanto el qué. Ella lo llama aquí el "ver hacer" macedoniano, es decir, el ser capaz de leer prestando atención a cómo ese libro ha sido construido, prestando atención a lo que el otro día en el II Festival de literatura latinoamericana de Lata Peinada Rodrigo Fresán llamó leer el "estilo". Fresán dijo que apenas un 20% de lectores son capaces de leer el estilo. Supongo que la gran mayoría de ellos son escritores.

"El equilibrista máximo de estas prácticas sin red es, para mí, Roland Barthes. Nuestro Barthes, porque cada generación que lo lee -y ya van varias- tiene el suyo. Hablo del que deslumbró a la mía con El grado cero de la escritura, libro chiquito y enorme a la vez, que nosotros leíamos en voz alta como si leyéramos poemas. No sé si entendíamos mucho, no lo creo, pero simplemente escucharnos a nosotros mismos modular algunas palabras novedosas como 'escritura' o 'estilo' configuraba un acontecimiento. Hoy ya pasaron más de cuatro generaciones usando, con absoluta naturalidad, la palabra escritura en el sentido barthesiano del término. (Incluso hay que admitir que, a esta altura, se trata de una palabrita bastante devaluada, que pide a gritos ser reemplazada por otra.) Pero para nosotros, que solo disponíamos de 'literatura' -con toda la carga de sentido y de supuestos que la palabra acarreaba-, 'escritura' se había transformado en una verdadera contraseña que nos permitía resetear a cero nuestro agotado modo de leer."

 

Kamenszain plantea aquí, entre otros, un concepto interesante llamado "las tretas del débil", generalmente usado por las mujeres para apropiarse de la escritura. Ellas toman ese espacio que está al margen, en la periferia, el único que a menudo el mainstream nos deja. "Las tretas del débil" se traduciría en escribir como pidiendo permiso, como disculpándose. Uno podría argüir que El Quijote comienza de esta manera y que a menudo todo lo que comienza en el margen tiende a ir desplazándose hacia el centro. Hace poco en una charla sobre periferias feministas reflexionaba sobre esto y ponía el ejemplo del mismo Borges, ese escritor canónico de la literatura argentina. Pues bien, cuando Borges construía su obra lo hacía desde la periferia, usando géneros secundarios (policial, ciencia ficción, falsa biografía, falso ensayo), escribiendo cuentos, y sin embargo hoy es "un escritor central para nuestra literatura" (la cita pertenece a Ursula K. Le Guin). Kamenszain nos dice aquí que el concepto de "las tretas del débil" ha quedado "como un manifiesto para los estudios de género latinoamericanos".

 


 

lunes, 21 de septiembre de 2020

Cynthia Ozick: escritores, monstruos y fantasmas

 

 

Cynthia Ozick, Críticos, monstruos, fanáticos y otros ensayos literarios (2016), traducción de Ariel Dilon, Buenos Aires, Mardulce (2020)

http://www.mardulceeditora.com.ar/ensayo.php

Cynthia Ozick define a los escritores como monstruos, es decir, esos seres que difícilmente encajan con la gente común. Cualquiera que haya tenido que dar explicaciones de por qué prefiere quedarse en casa leyendo a irse de fin de semana, entenderá perfectamente a qué se refiere. Un escritor-monstruo ha montado su vida a partir de la escritura y la lectura, y si eso no existe es como si él no existiera, como si muriera. Debería construirse desde otro lugar, convertirse en otra persona. A eso se refiere el tópico de "si no escribiera querría morir", porque de verdad que tendría que morir, al menos metafóricamente, ya que la vida tal y como la ha concebido perdería el sentido, se desmoronaría por completo si la literatura no estuviera allí. Tendría que construirse otra identidad y eso es algo que da mucho trabajo. 

Hay además otra cuestión a propósito de quiénes son estos escritores-monstruos. El escritor es tal solo cuando está escribiendo, el resto es una máscara con funciones meramente prácticas o sociales. Se puede decir que el escritor es la encarnación más literal de Jekyll y Hide. Ozick plantea estas cuestiones en "Escritores, visibles e invisibles", y vale la pena copiar algunos párrafos:

"Los escritores son seres ocultos. Uno nunca se los encuentra; o bien, si alguna vez usted cree estar viendo a un escritor, teniendo una discusión con un escritor, o escuchando una charla dada por un escritor, entonces puede estar seguro de que todo ha sido una equivocación. [...] Los escritores solo son lo que auténticamente son cuando se encuentran trabajando en la silenciosa e instintiva celda de la soledad fantasmal, y nunca cuando están afuera conversando industriosamente en la terraza."

De modo que el escritor tiene dos caras: la social y la fantasmal. La cuerda y la arrebatada por la locura del arte. Ozick le da un vuelco al asunto y cree que la locura del escritor está del lado de la sociedad, de la multitud, no del lado del que teclea escondido, invisible, como un fantasma.

"La locura del arte [...] no está en el arte, sino en la enloquecida y enloquecedora multitud, donde todas las formas de visibilidad se codean entre sí, mientras los fantasmas se sientan a solas ante sus mesas de escritura y escriben, escriben, escriben, como si la necesaria transparencia de sus almas dependiera de ello."

Qué preciso eso de buscar la "transparencia de las almas", porque ¿quién demonios es el escritor? Sabemos que no es el que está hablando en la terraza, pero tampoco es fácil conocer realmente la identidad de ese fantasma cuando está escribiendo, cuando es escritor. Lo bueno del asunto es que parte de esa esencia queda plasmada en la escritura. Piensen en aquello que decía Blanchot de la imposibilidad de leerse a sí mismo pero trasladado a la identidad: oh, alma resbaladiza, insondable, fantasmal, que el escritor-monstruo se empeña en volcar hacia fuera.

lunes, 14 de septiembre de 2020

A propósito de Bruno Schulz

 

Bruno Schulz, Obra completa, traducción de Juan Carlos Vidal, Madrid, Siruela (1993)

Te encuentras este libro en tu biblioteca. Ana Basualdo lo mencionó mientras tomabais un café, mientras hablaba de tu primera novela. No sabes muy bien por qué mencionó a Bruno Schulz, ni tampoco por qué estás escribiendo todo esto en segunda persona. Sabes que compraste el libro en una librería de viejo. Seguro lo compraste después de leer la novela El mesías de Estocolmo de una de tus escritoras preferidas, Cynthia Ozick, cuyo protagonista está obsesionado con que su padre desaparecido problamente fue Bruno Schulz. En todo caso no habías leíado a Bruno Schulz cuando escribiste tu primera novela, cuyo personaje está obsesionado con Antonin Artaud, ni tampoco habías leído a Cynthia Ozick, al menos eso crees. (La segunda persona sigue sin convencerte.) En fin, lees a Bruno Schulz desde la perspectiva de El mesías de Estocolmo. Es inevitable. Te cuesta un poco, porque hay algunos cuentos que abundan en descripciones que (te conoces) desde hace un tiempo te aburren sobremanera. Esas descripciones que envejecieron mal. Ese estilo que personifica todo y que fluye poético, ese estilo que todos reconocen como "bien escrito", como "literario". Por ejemplo: "Entonces ocurría que el silencio descendía de la cama y se dirigía hacia un rincón del cuarto". No son tus cuentos preferidos, no, aunque coincides en que están deliciosamente escritos, nadie lo va a discutir. Pero esos otros cuentos, ay, esa figura del padre, un tipo raro, medio loco, que hace cosas extrañísimas y por encima de todo se obsesiona con proyectos delirantes.Te fascinan los personajes que se obsesionan. Como los protagonistas de las películas de Werner Herzog. Como los protagonistas de la narrativa de Cynthia Ozick. De Saul Bellow. 

Son cuentos, sí, pero todos narran el mismo universo, son postales del mismo imaginario. Un pueblecito de provincias. Una familia del todo peculiar. En Las tiendas de color canela (1934), el padre obsesionado con los maniquíes (entonces te acuerdas de Tadeusz Kantor). Tan obsesionado está que elabora una teoría sobre la "fertilidad de la materia". La sensualidad de Adela, la criada, que fascina a este narrador niño. En Sanatorio bajo la clepsidra (1937) los cuentos comienzan a rondar eso que llamas rarismo y que disfrutas como una enana. Una celebración de la imaginación, con cuentos entre kafkianos, borgianos, ballardianos, cuentos que suceden en tiempos paralelos. Aquello que podría haber sido, aquello que tal vez aconteció en realidades alternativas. Un cuento donde arrestan al narrador por lo que ha soñado. Un cuento donde el narrador llega a un sanatorio donde está internado su padre y donde todos están ebrios de sueño y dan cabezadas a cada rato. Un tío, Dodó, que solo recuerda el presente y otro, Hieronim, que vive encerrado en su cuarto. Un jubilado que vuelve a la escuela (y otra vez recuerdas a Tadeusz Kantor). Y quizá el cuento que más te ha gustado, cuento de aplausos: "La última escapada de mi padre", un cuento excelente. El padre ya ha muerto, pero es como si hubiera muerto a plazos porque tanto la madre como el narrador lo reconocen en cualquier cosa, también en los insectos.

"En aquella época mi padre ya había muerto definitivamente. Moría repetidas veces, no del todo, siempre con ciertas reservas que obligaban a revisar el hecho. Esto tenía su lado positivo. Descomponiendo su muerte en varios plazos, nos familiarizaba con la idea de su partida. Nos volvimos indiferentes a sus regresos, cada vez más reducidos, más lastimeros. Su fisonomía, él ya ausente, se dispersó por la habitación donde había vivido, se enramó formando en diversos puntos extraños nudos de similitudes increíblemente expresivas. Los empapelados imitaban en algunos lugares sus tics, los arabescos se formaban en la dolorosa anatomía de su risa, distribuida en simétricos miembros como el trazo petrificado de un trilobita."

El tomo, lamentablemente agotado y no reeditado, tiene también cuentos sueltos como "Cometa", donde el padre se obsesiona esta vez con el mesmerismo y la electricidad, divertidísimo también, y un ensayo que se llama "La mitificación de la realidad" que empieza así:

"El núcleo de la realidad es el sentido. Lo que no tiene sentido no es real para nosotros. Cada fragmento de la realidad vive gracias a que no posee su porción en algún sentido universal. Las antiguas cosmogonías lo expresaban con la sentencia 'en el principio era la palabra'. Lo innombrado no existe para nosotros. Dar nombre a algo significa incluirlo en un sentido universal."

 

lunes, 7 de septiembre de 2020

Víctor Balcells Matas o qué absurdo es el amor

 

 

Víctor Balcells Matas, Yo mataré monstruos por ti, Salamanca, Delirio (2010)

Libro de cuentos cortos que varían sobre el gran tema de todos los tiempos: el amor romántico. Siempre desde el absurdo, la exageración, el sinsentido, la parodia, con una prosa realmente notable. En medio está el ciclo de Marcela, una novia que ha dejado al narrador. Antes de eso hay por ejemplo una chica punk que deja a su novio en una gasolinera, un niño que juega a estar casado, un alumno que finje conocer al dedillo a Kafka para impresionar a la profesora o una actriz porno que es incapaz de sentir placer, entre otros. Al final: una pareja que se ha tirado al mar pero lamentablemente ha olvidado la escalerilla para subir al barco, un soldado que debe arrojar la granada fuera de la trinchera o un periodista a quien le acortan sus columnas de prensa.

"Me regala el álbum. Lo abro y veo que, por desgracia, no es el mismo que manejan mis compañeros de clase. No es el mismo, le digo a mi tío, te has equivocado. Él me pregunta que si quiero cambiarlo. Sí, digo. Él baja. Setenta años, no hay ascensor en casa de mi bisabuela. Sube y baja tres veces con diversos álbumes, nunca acierta a traerme el mismo que tienen mis compañeros de clase. Me permito el lujo de enfadarme con él. Cada vez que regresa con el álbum equivocado. Y él no me lo reprocha. Aprendo algo del amor. Y no me gusta." ("Cosas detrás del sol")

lunes, 31 de agosto de 2020

Olga Tokarczuk y mil y una formas de viajar

 

 

Olga Tokarczuk, Los errantes (2007), traducción de Agata Orzesek, Barcelona, Anagrama (2019)

https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/los-errantes/9788433980533/PN_1016

El paradigma como viaje, digo, porque este libro es un puro devaneo sobre el viaje en diferentes formas: viaje real, viaje por el tiempo, viaje por el cuerpo, viaje por la memoria, viaje por internet, la vida como viaje, por no hablar de la gran metáfora del viaje de la muerte, el último viaje, al menos que sepamos. Una especie de mil y una formas de viajar, pues como las Mil y una noches va hilvanando historias dentro de historias, que a priori parecen no tener ninguna relación pero que siempre la tienen: por temática, por zona geográfica. Tal vez podemos destacar otros dos grandes temas fetiche: el del cuerpo conservado después de muerto y la psicología de viajes. Hay unas cuantas historias largas (pues este no deja de ser un libro de cuentos) y minificciones o prosas breves de género variado entre medio, funcionando como entreactos o esperas de aeropuerto. Notables todas: la historia del hombre que pierde a su mujer e hijo, la historia de las conferencias de psicología de viajes en los aeropuertos, la de la rusa que viaja por la ciudad en metro, la de la mujer que recibe un email de un antiguo novio, la del viejo profesor que da conferencias en cruceros, la historia del corazón de Chopin que cruzó la frontera debajo de un miriñaque, la del taquidermista inventor del "dolor fantasma" que escribe cartas a su pierna amputada, como las cartas de Joséphine Soliman a Francisco I, hija de uno de sus servidores, donde se queja de que su padre haya sido disecado y expuesto en un museo. 

"Un concepto importante de la psicología del viaje es el deseo, que es lo que confiere movimiento y dirección al ser humano y despierta en él la aspiración a alcanzar algo. El deseo en sí mismo está vacío, ya que tan solo señala la dirección, no el objetivo; el objetivo, siempre difuso, fantasmagórico; cuanto más cercano, más enigmático. Por inalcanzable, incapaz de satisfacer el deseo. La preposición 'hacia' es lo que mejor define este proceso. Hacia qué."

Un libro delicioso, un libro para llevar de viaje. Su estilo es sencillo, preciso, de ironía soterrada, de profunda emoción.

lunes, 24 de agosto de 2020

Juan Bautista Durán: lectores y animales

 

Juan Bautista Durán, Tantas cosas dicen, Barcelona, Comba-Exodus (2020)

https://www.editorialcomba.com/catalogo/libros/narrativa/tantas-cosas-dicen/

Un joven casado cuyos suegros van a cenar por primera vez a casa, tiene una relación peculiar con su perra Fabia; una chica francesa que hace una tesina sobre Francisco Umbral viaja a Madrid a entrevistarlo; Hugo, un hombre que se encuentra con su yo pasado y su yo futuro, se dice cosas a sí mismo; la voz de un niño enfermo que cuenta cómo su padre está editando a Rosa Chacel, editor que hace tiempo tuvo una perra llamada Fabia; cuatro parejas que van a pasar un fin de semana en una casa de campo donde una de ellas espera el clic del fotógrafo; un muchacho va a pasar unos días al campo y cuenta sus peripecias alternando la primera y la tercera persona; un estudiante sube a leer a la azotea de su edificio y a espiar a los vecinos; un niño entra de lleno en la pubertad en una visita a unos tíos que tienen piscina; un amante, quiosquero, que se marea en el momento menos indicado, descubre la llegada de un escritor del boom latinoamericano; un hombre solitario, cuyos amigos con pareja se van a pasar fines de semana a casas de campo, se obsesiona con una gotera.

El hilo conductor de todos los cuentos es la lectura. A veces el fútbol, pero sobre todo los libros. Aquí los personajes leen siempre. Todos leen. Además, Tantas cosas dicen puede entenderse como una novela por cuentos, o un libro de fotografías del mismo imaginario, porque hay personajes que reaparecen, hay animales que reaparecen y que "son como un espejo que refleja emociones o comportamientos subterráneos que no nos atrevemos a ver" ("A vista de pájaro"). Un libro muy bien pensado y, nada que nos sorprenda a estas alturas de Durán, un libro muy bien escrito.

"Porque en la ciudad la tercera persona se pega al cuerpo, el muchacho es más yo y vuelve sin cesar al mí, al pronombre que mejor nos identifica entre tanta gente que va y viene, busca calles o inventa gallos que los llamen a sus obligaciones. Por ahí ando yo todos los días, y cada vez estaba más en la ciudad, salvo que entre árboles y maleza, cuando la bretona se echó contra una lagartija que cruzaba rauda el camino. Ni me había dado cuenta de que venía detrás, por lo que su salto veloz contra la lagartija me sorprendió tanto o más que la aparición del reptil. Fue un ataque súbito que tuvo la gracia de devolverme en seguida a la tercera persona." ("Asueto")