rumiar la biblioteca: Fragmento del diario
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lunes, 27 de diciembre de 2021

James Joyce (Fragmento del diario, 07/11/2021)

 

Aprendí que Joyce era un borracho, que siempre tenía problemas de dinero, que un 16 de junio, fecha en que transcurre el Ulises, conoció a su compañera Nora, con quien no se casó por rebeldía hacia la Iglesia y hacia su país, con el que siempre tuvo una relación conflictiva. También aprendí que le costaba mucho publicar sus libros, y que si no fuera por la generosidad de Ezra Pound no hubiera pasado nada.

Tuvo dos hijos. George se convirtió en cantante de ópera. Lucia se volvió loca y estuvo encerrada en loqueros gran parte de su vida. Fue paciente de Jung, aunque a Joyce no le gustaba Jung. Se conocieron personalmente y Jung leyó el Ulises, sin embargo, según Joyce, no entendió nada. A Joyce le molestaba que relacionaran su técnica por entonces novedosa del monólogo interior con el psicoanálisis. Yo creo que Joyce estaba haciendo un nuevo realismo, el realismo del pensamiento, el realismo del ruido de la mente.

Luego estaba muy orgulloso de su obra. Con Ulises le empezó a ir bien. Cuando Joyce estaba escribiendo Ulises, una filántropa rica empezó a pasarle una pensión, anónimamente. Lo beca para que termine esa novela. Así pudo escribir Ulises. Aunque siempre gastaba más dinero del que tenía. Al principio daba clases de inglés (cuando se mudó a Trieste desde Dublín), y luego daba clases de italiano e inglés donde se lo requirieran. Vivió en Zúrich tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial (que fue cuando murió). También vivió muchos años, los de mayor éxito o madurez, en París. Allí conoció a Beckett. Su hija Lucia se enamoró de Beckett, pero no fue un amor correspondido.

Aprendí que era un gran cantante y que varias veces intentó ganarse la vida como tal. Para él, lo que escribía era más parecido a la música que a la literatura. De hecho, cuando a propósito de Finnegans Wake le preguntaban si era una mezcla de literatura y música, él contestaba que era música pura. Que era un libro sobre la parte onírica del hombre (un realismo nuevo) cuya intención era solamente hacer reír. Ulises era una novela sobre la parte del día y Finnegans (que al principio se llamaba Work in Progress) era una novela sobre la parte de la noche. 

Joyce nació un 2 de febrero y publicó el Ulises un 2 de febrero. Era acuariano y un tipo supersticioso. Le tenía pavor a las tormentas eléctricas hasta el punto de desmayarse. Lo mismo con los ratones.

Sufría innumerables dolores y sobre todo dolencias relacionadas con los ojos. Al final quedó tuerto y estaba casi ciego del otro ojo. Iba con un bastón. 

lunes, 5 de julio de 2021

Bohumil Hrabal (Fragmento del diario, 13/05/2021)

Vengo con unos días que tengo ganas de escribir, mono de escribir. Estoy corrigiendo una novela de Hrabal, Personajes en un paisaje de infancia, que está muy bien escrita. Con ese estilo que ahora se entiende como buena literatura, y lo es, sin duda. Un fraseo largo, desordenado. El personaje es una mujer que bebe mucha cerveza, que está un poco piripi, y nosotros seguimos su voz. El típico narrador del que desconfiamos. Tiene momentos bastante delirantes, con ensoñaciones del pasado, como si estuviera semidormida. Una especie de duermevela, y narrada con el desorden y la rapidez al mismo tiempo, sobre todo la rapidez de cambio de escena, siguiendo la lógica del sueño. La primera persona permite eso. A veces provoca confianza o, si no, la desconfianza. Pero aparte de eso, es un estilo clásico de la literatura del presente, no preciosista proustiana sino más a lo Kafka, y sin duda un estilo que dan ganas de escribir porque es muy bueno. Entonces me di cuenta de que tenía ganas de escribir y de que no estoy escribiendo nada, ni siquiera en el diario.

Pero la cosa de leer ese libro de Hrabal me dio nostalgia de esos momentos en que el párrafo sale solo, como si tan solo hubiera que escuchar la voz y ella dictara. Estoy desconectada de la voz. Y tal vez lo que vengo sintiendo es que echo de menos la voz. Echo de menos escribir algo. He perdido el fraseo y la costumbre y hasta la conexión rápida entre las ideas y las palabras, la narración, digamos, o digamos la voz, directamente, porque sin duda que eso es la voz. La voz que ya sale narrando directamente en el papel. Un narrador que escribe solo cuando encuentra su impostación, y dependiendo de esa impostación narra una cosa u otra.

lunes, 28 de junio de 2021

In the mood for love (Fragmento del diario, 12/04/2021)

Estaba viendo In de mood for love y me aburrí y pensé en que ya hace mucho que no escribo, y después pensé en lo que le dije al amigo a quien le gusta In the mood for love: que para escribir hay que tener algo que decir. Por eso sirven los diarios, para aplacar las ganas de escribir. Al menos así pienso yo, aunque debería escribir más, al menos en el diario, porque hace demasiado que no escribo y eso porque el amor me distrae. ¿Será por eso, realmente?

Pero no quiero hablar del amante, quiero obligarme a escribir, que es lo que me propuse al cerrar Filmin porque me estaba aburriendo con In the mood for love. Hay películas o series tan aburridas que consiguen que tenga realmente ganas de escribir, no en el sentido de “se me acaba de ocurrir una idea”, sino en el sentido de que tal vez escribiendo me aburra menos. Entonces recuerdo que a veces escribir es una fiesta. Ahora mismo ni siquiera suena música, pero estoy escribiendo más o menos rápido y comienzo a notar ese placer de los dedos dándole al teclado y las ideas que comienzan a borbotar improvisadas y a veces todo fluye directamente con las teclas del ordenador y entonces es maravilloso.

Escribir es también el acto de darle a las teclas, la parte orgánica y mecánica del asunto. Engancha. Tal vez mucho más que la función comunicativa de la escritura, que es cuando uno tiene algo que decir. Porque hay que tener algo que decir. A veces eso que uno tiene que decir viene mientras se está escribiendo, y entonces uno se sorprende de esa idea que vivía adentro, una idea que estaba a punto de salir o tal vez solo desarrollándose en la zona inconsciente.

(Solo llevo diez minutos escribiendo.)

No es tan fácil tener ideas, aunque uno se esfuerce y se obligue a entrar en el diario. Ahora podría releer las entradas más recientes, como para seguir una narrativa de mi vida, cosa que suelo hacer de vez en cuando, pero como he escrito tan poco últimamente, recuerdo más o menos todas las entradas de los últimos tiempos, en las que prácticamente siempre aparece este amante al que estoy viendo.

Eso lo sabemos y no hace falta estar hablando de él todo el tiempo, aunque esté prácticamente todo el tiempo en mi mente. Hablar del amor es algo pasteloso al final. Aburre hablar siempre del amor, porque el amor del que se habla es anhelo. Es difícil hablar del amor mientras está ocurriendo el amor, porque el amor suele ser absolutamente ñoño, y los amantes se quedan mucho rato mirándose a los ojos y sonriendo sin poder evitarlo y sintiendo felicidad, cosa que apenas se puede describir más que con la palabra felicidad.

(Quince minutos escribiendo. El tiempo es completamente diferente cuando se escribe.)

lunes, 8 de febrero de 2021

Alan Pauls y la lectura (Fragmento del diario, 22/06/2019)

Abro esta entrada porque me quedé con algunas ideas de la presentación a la que acudí el lunes de Alan Pauls. Siempre me fascina la capacidad de este hombre para pensar en directo y casi escribir en directo. Supongo que eso se debe a las tablas de profesor, que ayuda mucho en este aspecto. En la presentación me encontré con Rodrigo Fresán y me contó que está a punto de terminar de revisar sus pruebas de la próxima novela que saldrá este octubre y que mi libro aún espera en la pila de libros por leer (dijo que estaba el primero, pero ya sabemos que los escritores somos algo aduladores en general). De todas formas, muy simpático y generoso Fresán.

Volviendo a Pauls, el libro que presentaba era el de la lectura, Trance. Soltó unas cuantas ideas que me gustaron mucho:

1.  La de la presencia como algo que desaparece. Se refería al teatro y también a las presentaciones de libros. En general, la presencia está desapareciendo de la experiencia interpersonal. Cada vez es más difícil y extraordinario ver a la gente en directo.

2.  La del cuerpo de lectura. Se refería a las posiciones extrañas que uno adopta cuando lee y que no se da cuenta porque lo último en que uno piensa cuando lee es en lo que pasa fuera del libro. El cuerpo de leer es otro cuerpo. Tanto que hasta a veces esas posturas incómodas no lo resultan tanto.

3.  Habló también de la "función lectura", en el sentido de que existe cierta forma de entender (interpretar) cualquier situación que se relaciona con la lectura. Uno puede "leer" una situación, cualquier situación cotidiana. Analizarla, en cierto sentido. Y se refirió a esto como una capacidad anacrónica. A mí me hubiera gustado preguntarle si esto es algo que se aprende leyendo o si a uno le gusta leer porque tiene en sí esa capacidad, porque uno aplica la función lectura a todo. Yo creo que es algo que se aprende leyendo y que como leer es anacrónico (a pesar de que es una práctica que siempre prescindió de la presencia, y en ese sentido es muy actual), esta capacidad "lectura" se está perdiendo, porque la gente apenas lee ya.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Estructuras (Fragmento del diario, 04/12/2020)

Queremos una prosa veloz. Una prosa moderna. Una prosa que salte el postironismo y vaya hacia el futuro. Que caiga de lleno en el futuro, donde la estructura signifique, donde leamos como haciendo zapping, pero no me refiero a eso tan usado desde el romanticismo de lo fragmentario, sino a escenas diferentes, con distintos tonos y registros. Deconstruyendo una novela desde la estructura y el tono. Una novela saltada, como la quería Macedonio, por ejemplo. Una novela que da saltos, una novela que se monta como un mueble de ikea, con instrucciones que no se entienden. Con instrucciones que dependen del sentido común y de toda la buena voluntad del lector, igual que un mueble de ikea. Sin la voluntad del lector, una novela no tiene sentido en la época que vendrá después del postironismo.

No sabemos cuál es ese futuro para la literatura, pero si seguimos con el rollo del postironismo y el rollo del colonialismo y el feminismo (y lo dice una mujer rotundamente feminista) y sobre todo con lo políticamente correcto, leyendo y escribiendo desde lo políticamente correcto, la cosa va a ponerse aburridísima y el estilo se irá perdiendo como se pierde la paciencia con los anuncios de Spotify. Y la prosa cada vez más contenida. Sin ironía, todos hablando en serio sin ambigüedades, sin sentido del humor y siempre con la verdad como bandera, la verdad única de lo políticamente correcto.

La ironía es el comentario a la historia principal, y normalmente el comentario ofrece otros puntos de vista, otras verdades. A mí me interesa usar de ese modo los fragmentos, no como los usan los que practican eso que alguna vez estuvo de moda y que era la novela por fragmentos, porque esos fragmentos son como fotografías de una misma verdad que no se contradice. Fragmentos de una sola conciencia. A mí me gustan los fragmentos de una conciencia multitudinaria, colectiva, con enormes contradicciones o diferencias, con matices completamente diferentes en cuanto al tono y el registro de la prosa. Con fraseos diferentes.

Tal vez no me había dado cuenta de que mi interés por la estructura comienza en la práctica de la escritura. No es algo que comienza como una idea, del tipo: ahora voy a empezar a escribir novelas donde la estructura signifique. Donde los fragmentos sean como hacer zapping. Vale, al lector no le gusta porque es difícil. Cierto, es difícil, y si no le gusta no es un libro para él. Para mí no tiene sentido la literatura como entretenimiento. A mí me interesa la literatura como dificultad, porque para mí es sin duda lo más entretenido. Es divertidísimo. De leer y de escribir.

Toda esta perorata que acabo de soltar no sé a qué viene. Tal vez a que me obligué a escribir, y cuando pienso en escribir pienso en cosas sobre mi comprensión de la literatura. Me parece que si alguien no tiene nada nuevo que ofrecer, si alguien no arriesga un poco, no tiene sentido escribir nada. No me quiero hacer ahora la Juana Goytisola ni mucho menos, sobre todo porque no soy una escritora de la altura de Goytisolo. Pero sí comprendo su convicción en cuanto a la literatura.

lunes, 19 de agosto de 2019

Escribir. Fragmento del diario (12/11/2009)

Cuando estoy trabajando, cuando estoy en ello, esta sensación de inseguridad es más cotidiana. Pasa uno de pensar que es una obra maestra a pensar que es una mierda, incluso en la primera relectura. Bueno, estoy exagerando. La verdad es que suele ocurrir más bien por días. Hay días muy buenos, otros malísimos, y los más ni buenos ni malos. Es ir haciendo y ya está. Uno va como distanciándose de lo que está escribiendo, y por eso termina por ocurrir que se transforma en un bucle, una manera de mirar, de leer, de la que uno no puede salir, porque en realidad no puede entrar. Ya no está uno dentro de la novela como para saber qué está pidiendo la novela. Qué es lo que está ocurriendo allí. Saberlo, porque aquello es un mundo completamente imaginario. Un mundo paralelo donde ocurren cosas, la más de las veces completamente insospechadas.

lunes, 12 de agosto de 2019

El perro Olk. Fragmento del diario (09/10/2013)


El otro día, cuando recordaba ese gesto que hace mi cuñada (guiña un ojo y hace un ruidito con la boca al mismo tiempo: chic, más que un ruidito es como un chasquido rápido y que pretende ser simpático), gesto de complicidad y de empatía, me preguntaba si la primera vez se lo vi a ella o a mi hermano, y después no supe si había sido ella la primera o más bien ella había perfeccionado un gesto que primero había empezado en mi hermano (que solía guiñar y acto seguido decir okey, okey). Mi otro hermano, el pequeño, hubo un tiempo en que también hacía ese gesto, el de mi hermano acompañado del okey. Todo esto no hace más que corroborar el contagio de los gestos cuando convivimos con las personas. Como los gatos y los perros que dicen que se parecen a sus dueños.


Nosotros tuvimos un perro, o preciso: unos cuantos perros, pero si pienso en el primero, Olk, no sabría decir a cuál de nosotros se parecía. Yo solía dejarlo entrar en casa, era listo y le gustaba tumbarse en el sofá, que llenaba de pelos, y también frente a la chimenea, a veces tan cerca que podíamos sentir olor a pelo quemado. Se le calentaba la espalda tanto, tanto, a veces también la cabeza (que acostumbraba apoyar en la misma base de la chimenea), que hubo ocasiones en que teníamos que despertarlo (aunque estuviera soñando y moviera sus patas con frenesí, como suelen moverlas los perros cuando duermen) para que se alejara un poco al menos. Además estaba el temor añadido de que un tronco se deshiciera y un trozo de brasa fuera a darle en la cara, o que una chispa no fuera solo chispa y le hiciera quemaduras en el cuerpo.


Eso en inverno. En verano solía ladrar desesperado alrededor de la piscina cuando nosotros nos bañábamos, y hubo veces que se tiraba él solo con intención de rescatarnos, según creíamos nosotros. Después había que sacarlo. Todas esas precauciones y temor paternalista se lo atribuíamos a que, de cachorro, había caído a la piscina un invierno (quizá fuera otoño, cuando el agua estaba allí todavía pero mi mamá ya no la mantenía sino que la reutilizaba mientras se iba vaciando), de modo que Olk cayó a la piscina medio vacía y nadie se percató de inmediato, por lo que nunca supimos cuánto tiempo llevaba el pobre cachorro nadando y esperando a ser rescatado. Alguien lo sacó, mi mamá o mi papá, no recuerdo, sí recuerdo en cambio cómo fue llevado de inmediato entre lamentos y conmoción de los hermanos a la bañera con agua calentita y fue friccionado con toallas perfumadas y atendido con mil amores por mamá. Supongo que desde entonces a Olk se le permitió estar en casa, se le dejó que durmiera junto a la chimenea y ya se sabe lo que pasa con las costumbres, incluso con las buenas.

También sabía abrir las puertas, pelear como un guerrero (era un pastor alemán mezclado con dobermán de considerable tamaño), y vaguear, como todo buen perro. Ladraba mucho, con un ladrido de esos lentos y pesados. Le encantaba viajar en auto. Se asustaba con los petardos de Año Nuevo, pero en eso lo entiendo, a mí también me dan miedo, como un terror atávico.


Un verano nos fuimos de vacaciones coincidiendo con las fiestas, y mis padres, temiendo el escándalo de cada año, tomaron la precaución de dejar al perro en un hotel de perros o algo similar. Mi padre, que era el encargado de estas tareas en casa, se cuidó de avisarle al tipo del hotel la barahúnda que montaba Olk ante el mínimo chasquido, y le dejó los sedantes que Olk tomaba cada año. Por supuesto que el buen hombre le dijo que se quedara tranquilo, que no era el primer perro que cuidaba, y cuando volvimos de vacaciones nos enteramos de que Olk, encerrado en un pequeño aseo la noche en cuestión y colocado de sedantes hasta las orejas (el hombre tenía derecho a una copa de champán, y nunca se hubiera imaginado…), arrancó unos cuantos azulejos del suelo y la pica de cuajo. Se lo encontró temblando y todo ensangrentado.


De mayor empezó a ponerse violento. Cuando lo molestaban, enseñaba los dientes. Por supuesto que eso preocupaba a mamá. Lo único que faltaba era que el perro mordiera a alguno de la familia. Olk se había dado cuenta de que podía dar miedo, y que ese temor que nos infundía le servía para que lo dejáramos en paz.
 
Poco después surgió lo de venir a España, y la colocación de los perros era un tema que había que resolver cuanto antes. Para entonces quedaban dos: la perra había muerto a causa de una complicación de los riñones y uno de los cachorros había sido envenenado. El otro cachorro, como era lindo y joven, enseguida encontró cuidador. Pero faltaba Olk. Papá iba dando voces, y entonces conoció a un carnicero que vivía en el campo y que andaba buscando un perro que metiera miedo. Mi padre todavía se acuerda de abrirle la puerta para que saliera del auto y de cómo se fue como tiro a perseguir unos gatos. Después volvió. Se hicieron las presentaciones pertinentes y algunas carantoñas. El carnicero dijo ya vengo, y cuando salió del local, para comprárselo, le lanzó un hueso con bastante carne. Un truco fácil. Mi padre cuenta que Olk cazó el hueso al vuelo y que lo lanzaba hacia arriba haciéndolo girar en el aire para volver a morderlo. Entonces se fue tranquilo, porque díganme si eso no es una imagen de la felicidad. Al menos una concreta: un perro lanzando un hueso al aire en medio del campo.