¡Una historia de terror! ¡El pánico de todos nosotros, insufribles lectores, la imagen devenida pesadilla a lo Perro andaluz! Y no despierta, no.
Pobrecita, diremos, esta chica tan como yo: en una fiesta queda ciega de golpe, sus ojos la han traicionado, han dejado de reflejar el mundo para mostrarle lo primordial, la sangre. Y se han empecinado.
"Y fue entonces que un fuego artificial atravesó mi cabeza. Pero no era fuego lo que veía sino sangre derramándose dentro de mi ojo. La sangre más estremecedoramente bella que he visto nunca. La más inaudita. La más espantosa. Sangraba a borbotones pero solo yo podía advertirlo. Con absoluta claridad vi cómo la sangre espesaba, vi que la presión aumentaba, vi que me mareaba, vi que se me revolvía el estómago, que me venían arcadas y, sin embargo."
De modo que la acompañaremos por su periplo de amor y ceguera, de diagnósticos y familia. Quizá lo más interesante desde mi punto de vista es la manera en que el amor hacia su compañero se va transformando: paulatinamente, como una corajuda víctima de la que nos compadecemos y nos enorgullecemos a un tiempo, pero a la que le concedemos el derecho a comportarse de esa manera tan egoísta: a transformar su invalidez en ventaja, a convertir la mala suerte en avaricia. Una sádica adorable.
¿Cómo se entiende la testarudez aquella de pretender ser uno cuando cualquiera sabe que alejarse del rebaño es más difícil que saltar al vacío? ¿Cómo delimitar ciertas miradas que inciden y reinciden en denunciar y en reírse, porque la denuncia no está reñida con el humor y porque el humor nos devuelve la denuncia en un acto de instropección donde la reflexión ha ido y ha regresado, pero sobre todo en denunciar algunos aspectos que como rebaño solemos detectar pero jamás señalar, porque para señalar necesitamos un dedo, el nuestro, la firma de nuestra individualidad?
Excelentes textos los que nos presentan aquí Valerie Miles y Aurelio Major donde lenguaje, memoria, denuncia, humor, ejercicios de estilo, crónicas, diarios, reflexiones sobre el género y diversidad de escenarios se dan la mano.
De todas estas piezas de impecable hechura y variedad de estilo, quizá me haya sorprendido Hebe Uhart ("Corrientes tiene payé") y Kjartan Flogstad ("Utopía socavada") por la fresura y la temática, pero echarle un vistazo al elenco de firmas habla sin más.
¿Patricio Pron es aquí Patricio Pron? En absoluto. Naturalmente que ejerce su función autoral según la entiende Foucault y que él mismo respalda: autonomía / originalidad / propiedad / moralidad. Y sobre todo quiero detenerme en esta última, quizá la veta más brillante y seductora de su discurso, o la más necesaria.
"[...] se debería condenar un sistema literario que otorga un valor específicamente literario a algo que no lo es en absoluto, la vida privada de un autor o su pertenecia a un género o a una minoría específicos o a su país de origen, un tipo de visión literaria particularmente presente en estos momentos en el ámbito de la enseñanza de la literatura, en especial en Estados Unidos."
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Roland Barthes mató al autor, nos recuerda, pero el autor lejos de desaparecer se transformó en un producto sin duda más valorado que ese otro producto subsidiario del mismo que denominamos obra. Se venden autores y no sus libros.
(Nótese que en el párrafo precedente no se menciona la lectura, y casi me asombra. Porque no deberíamos olvidar que todo este asunto de la desaparición del autor nace como una problemática de la exégesis literaria: los formalistas rusos abogaron por un texto que hable por sí mismo y promulgaron el olvido de la biografía del autor a la hora de interpretar, tan caro al romanticismo, cosa que pocas veces se ha llevado verdaderamente a la práctica, ni entonces ni menos ahora. La exageración y a la vez simplificación de este criterio, nos recuerda Pron, ha dado como resultado una bifurcación opuesta y bien clara: profusión de lo autobiográfico / negación de la voluntad del autor (automatismos, OuLiPo, etc.).)
Si el autor parece hoy una marioneta al servicio de la mercadotecnia, nos queda reflexionar, pues, sobre el papel que juega el lector, quien recibió entonces la responsabilidad de dar sentido al texto y que tantos señalan en peligro.
"Ahí sí, 'la muerte del autor es el nacimiento del lector', pero este no debe olvidar nunca que lo que se le ha dado también le puede ser sustraído."
¿Un lector-consumidor o un lector-cotilla, o mejor: un consumidor-cotilla y poco importa si lector? Por otra parte habría que preguntarse si el autor quiere lectores o prefiere o se contenta al menos con compradores de sus libros.
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Al tiempo que he ido leyendo El libro tachado, cuya hechura apenas si jerarquiza entre cuerpo de texto y nota al pie, he pensado constantemente en el autor-estilo y en el lector-escritor como si de un eco o fantasma se tratase, es decir, una presencia soterrada pero constante que se manifiesta como opuesta a aquello de lo que el libro trata: la negación. De modo que o soy demasiado testaruda en mi lectura o forma y sentido son aquí del todo coherentes: mientras se tacha y se señala lo olvidado, lo afirmativo sube a la superficie.
No digamos ya la persistencia en manfiestarse de ese espectro contemporáneo: esa lenta pero persistente borradura y confusión de ebrios autores-estilo en esta babel que es la red (pero no solo la red sino también el mercado), donde todo puede ser banalmente confundido, encontrado y a la vez extraviado, siempre y cuando exista la voluntad de encontrar y de extraviar, es decir, la voluntad de leer y detectar y pronunciarse.
¡Oh, novela, oh, ese experimento centrifugado y atento y minucioso! Confieso que estoy confundida, pero sobre todo que me emocionó con su aire melancólico y veloz. Novela de madurez, si se quiere, honesta y sincera la voz. ¿Fresán puede conmover? Puede.
Una autobiografía inventada, un recorrido perfecto que comienza y termina en una avión donde tiene cabida hasta su propia interpretación, porque es círculo que se cierra a sí mismo: la educación de un escritor: su educación sentimental y su variación.
Acaso La parte inventada no sea más que la puesta en escena del acto de fresar la experiencia de escribir. ¿Recuerdan lo que es una fresa? Fresa. f. Herramienta de movimiento circular continuo, constituida por una serie de buriles o cuchillas convenientemente espaciados entre sí y que trabajan uno después de otro en la máquina de labrar metales o fresarlos.
Permítanme agregar aquí una imagen de mi reelaboración de la lectura en formato analógico a partir de algunas citas:
Hace unos días escuché a Fresán fantasear con ganar el euromillones para estarse dos años sin escribir. Como otro experimento: qué cambiaría, cómo afectaría al estilo, o también: ¿es más rentable y agradable no escribir? Entonces recordé al pianista de jazz Bud Powell quien tuvo que volver a aprender a tocar escuchándose a sí mismo después de recibir tratamiento de electroshock a causa de su esquizofrenia. Todos imaginamos la hipótesis de que en lugar de escucharse a sí mismo para volver a aprender a tocar, hubiera utilizado, por error, a otro pianista como modelo.
La columna y la otra de Ignacio Echevarría junto con la revisión de galeradas de la muy recomendable revista Granta (de próxima aparición, editada por Galaxia Gutenberg), me ha llevado a reflexionar una vez más sobre lo que significa escribir para una mujer y sobre la importancia que se le da a lo que se denomina "temática femenina", es decir, aquello de lo que escriben las mujeres en contraposición a los temas de los hombres, o mejor: aquello sobre lo que las mujeres tienen permitido escribir. ¿No se trata acaso de un debate remanido y envejecido, al menos en Occidente?
No deja de llamarme la atención que este debate siga vigente: la discriminación, la prohibición, la violencia, el machismo/feminismo, etc. Será que el debate no ha terminado de resolverse o que, como síntoma de su por fin pronta inanidad, está más eufórico que nunca como si se tratase de los últimos aleteos de vida: la fuerza bruta del animal a punto de caer muerto.
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Aquí va una tentativa de algunos temas femeninos:
1. La escritura del cuerpo 2. La escritura sobre la locura/discapacidad mental 3. La trama nupcial y sus variantes (maternidad/novela erótica donde la mujer es esclavizada, etc.) 4. El suicidio 5. La fantasía andrógina 6. La escritura de las pequeñas cosas, los detalles
Ahora pensemos en autores como Artaud o Eugenides, dos ejemplos del todo femeninos según esta lista.
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De todos estos temas, puede que a la mujer le interese detenerse en el tema de la maternidad (y me refiero al embarazo) como de ninguna manera puede interesarle al varón por razones de todos conocidas. ¿La procreación no es entonces un tema universal? Quizá la experiencia de la procreación no lo sea, como tampoco tantas experiencias de las que muchos carecemos: la guerra, el hambre, la aurora boreal, el desierto, la ceguera.
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Novelas de claro público femenino donde se ata a las mujeres y se les enseña que eso es lo deseable (¡así es como ha de gustarte!), o novelas juveniles en donde se les habla a las chicas de lo "bueno" del deseo de ser mamá por encima de la necesidad de autosuficiencia e independencia, sí que me parecen incomprensibles. Nos quejamos del maltrato de género, pero lo festejamos. Nos quejamos de la desigualdad, pero enseñamos a nuestras hijas a ser dependientes y serviciales. Secretarias serviciales.
El tema sigue candente, a juzgar por los discursos. Habrá que ver si solo se trata del canto de un cisne, o más bien es asunto inherente a la diferencia, al poder o la jerarquización, y por lo tanto un tema condenado a relaborarse y repetirse.
Novela de reflexión o meditación o de intimista introspección construida con recuerdos hilvanados a colación de un viaje a Israel, al origen, a las raíces de lo que se supone la identidad y la epifanía allá esperada y no sentir nada.
"Me acerqué. Estiré una mano con discreción, con cuatela, como si estuviese haciendo algo prohibido, y lo toqué. Quería sentir algo, lo que fuera, cualquier cosa. No sentí más que piedra."
De prosa certera y bien tejida, deliciosa a ratos pero sin titubeos decorativos, asistimos a escenas de desconocimiento, intolerancia, no comprensión, pero sobre todo prevalece una postura distanciada del fanatismo. Allí la pesadilla del Holocausto pero allí también el incomprensible odio al árabe. Valiente este narrador que cuestiona todo resquicio: alguien dijo que cualquier premisa llevada a su extremo se convierte en la contraria.
"Pues si es así, dijo, usted está siendo más intolerante que ellos. Me quedé callado. Le guste o no, dijo, lo acepte o no, usted es tan judío como ellos. Dijo: es así. Dijo: Esa es su herencia. Dijo: Lo lleva en la sangre. / Se me ocurrió, viendo a mi hermano de pie frente a todos los edificios grises de Kiryat Mattersdorf, que ese discurso del judaísmo llevado en la sangre, que ese discurso del judaísmo no como religión sino como genética, sonaba igual al discurso de Hitler."
Bien alejada de lo tendencioso, Monasterio nos invita al cuestionamiento constante sin prejuicios ni pelos en la letra ni violines naifs, pero el acento recae en el ejercicio mismo de dudar, no la certeza en sí. Porque a cada página consigue exponer la ambigüedad. Relativizar y subrayar a un tiempo. Y celebro ese acierto.
Os dejo una entrevista con el autor gentileza, una vez más, de Canal-L: