Ale Oseguera, Dugongo, Barcelona, Yegua de Troya (2026)
Dugongo se puede leer como la historia de la superación de un duelo a causa de la muerte del padre durante un viaje por el Sudeste Asiático. La protagonista, Lula, está
atravesando una depresión. El viaje es una manera de huir hacia delante: “A veces solo yendo hacia
delante se vuelve a casa”. Pero el viaje la ayuda a comprender de dónde viene,
quién es. Dugongo es también una novela de búsqueda de la identidad, o tal
vez de construcción de una identidad.
Hay dos metáforas que parecen de mucho peso: el dugongo, ese
manatí asiático, es la metáfora de Lula: vive a caballo entre la tierra y el
agua, vive en ese terreno intermedio, en la orilla, incluso el mismo texto está construido de
manera híbrida. También está la metáfora del monzón que hace que el viaje tenga
que improvisarse, que haya que guarecerse de tanto en tanto, que replica el
estado emocional revuelto e inestable de Lula.
En el viaje se plantean cuestiones sumamente interesantes:
1. Ella viaja pensando encontrar lo exótico pero
encuentra muchas similitudes: incluso en el aspecto físico, los mexicanos y los
malayos, filipinos, etc., se parecen mucho. Ambos son, además, la otredad, lo
no blanco, lo no occidental. “Tengo la teoría de que el Sureste Asiático y
América Latina habríamos tejido una relación de estrechísima hermandad si no
nos hubiéramos conocido a través del filtro de la mirada blanca. ¡Nos parecemos
tanto!” La importancia de la mirada occidental. El asunto de que siempre
viajamos con la Historia a cuestas. La cuestión de cómo solo vemos lo que
sabemos ver, lo que conocemos.
2 Al encontrarse con su amigo Ezequiel, un mexicano que vive en Singapur, ambos dicen que no echan realmente de menos México: prefieren vivir en ese tercer espacio. Barcelona es aquí la encarnación de ese tercer espacio para Lula, ese habitar la frontera. Y eso también implica una relación a distancia con la familia, algo que a veces es complicado. Las comunicaciones siempre se producen mediadas por la tecnología. Fallecido el padre, la familia le reprocha que no regrese. El hermano la traiciona. En todo esto, y también en México, Lula recuerda las tensiones del machismo propio de las sociedades latinoamericanas de las que pudo escaparse al mudarse a Barcelona. Ella no echa de menos México, Guadalajara, ella está perfectamente cómoda en ese tercer espacio, tercer país: ese “no soy de aquí ni soy de allá”, ese espacio de la frontera donde muchos inmigrados terminan por acomodarse.
3. En la misma línea, la novela refleja una época en
la que todos necesitamos etiquetas para definirnos, con las que identificarnos:
está el asunto del procés en Arnau, su compañero, que se identifica
plenamente con esa bandera. Es la identidad de gran parte de la tierra de
acogida para Lula. ¿Es la bandera una identidad? Parece que no lo es para Lula.
4. Al principio el personaje está furioso con todo,
pero termina no diría que resignada, pero sí “reconciliada” con las
injusticias, con que nada sea ni del todo equitativo ni se pueda enderezar. En
ese sentido es como si el viaje interior de Lula fuera una “superación de la
juventud”, cuando una cree que todo es posible, que las cosas pueden cambiarse,
pero con la experiencia nos vamos dando cuenta de que muchas cosas son tan
difíciles de cambiar que lo más inteligente es alejarse. Y también perdonar,
porque nadie es perfecto ni coherente, porque ni siquiera ella lo es.
5. La novela también parece construida en la
frontera, en el sentido de que encontramos diversos registros y hasta géneros.
Aunque mayormente es una narración y utiliza las técnicas propias de la novela,
puede leerse como una guía de viajes o álbum de fotografías tanto exterior (del
Sudeste Asiático) como interior: cada fotografía, cada postal, describe la
escena, el lugar visitado, pero también es una invitación a evocar el pasado de
la protagonista y a reflexionar. Aunque hay más preguntas que respuestas. En
este sentido, la novela se tiñe de un tono ensayístico, reflexivo. También hay
poemas intercalados.

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