Tatiana Goransky, Los impecables, prólogo de Diego Gándara, Barcelona, Comba (2016) https://www.editorialcomba.com/catalogo/libros/sin%20categorizar/los-impecables/ Hay en la escritura de Tatiana Goransky (Buenos Aires, 1977), al menos en estas dos nouvelles, un reclamo detectivesco para el lector, pues expone materiales diversos de tal manera que no queda más remedio que unir cabos sueltos, construir el relato de forma absolutamente activa y pasar un rato entretenido. Hay también algo que, a mi parecer, comparte con la narrativa de Pola Oloixarac, en el sentido de que sus textos están atrevesados por diversos registros, por un googlear, aunque su prosa sea muchísimo más cristalina y casi periodística, invisible tal vez, no carente de sentido del humor, tal y como se expresa el protagonista de la primera nouvelle que lleva por título Ball boy, un chico que deja el tenis para convertirse en el mejor recogepelotas con una disciplina tal que roza lo obsesivo:
"Nunca quiso ser tenista. 'Tenista puede ser cualquiera pero para ser el mejor ball boy hay que dejar el ego de lado y convertirse en un ser invisible e impecable', esas son sus máximas."
Una narrativa de la investigación, un ir saltando de tema, como se expresa el capitán de la segunda nouvelle aquí recopilada, Don del agua, que despliega todas las pistas de una búsqueda del tesoro en el mar:
"Hago una pausa y todos me miran con fastidio, ya saben que mi relato está por cambiar."
Angélica Gorodischer, Tumba de jaguares, Buenos Aires, Emecé (2005)
El jaguar es esa bestia que acechaba al hombre encerrado en la cárcel en el cuento "La escritura de Dios" de Jorge Luis Borges. En sus manchas estaba escondido el nombre de Dios. Tumba de jaguares es un juego de espejos y novela dentro de la novela dentro de la novela, como en el cuento de Borges era el sueño dentro del sueño dentro del sueño. Pero olvidémenos un momento de Borges y ahora centrémonos en la escritura Gorodischer.
Resumiendo mucho, se trata de tres historias que narran, cada una a su manera, la desaparición: la primera, una de los años setenta (inducimos de la dictadura): la de la hija del protagonista, que es escritor de novela inconclusa; las otras dos hablan de las desapariciones de los maridos de sendas protagonistas (uno había emprendido viaje río abajo y reaparece mucho después; el otro tiene un accidente de avión y no le da la gana de volver a aparecer, de modo que para la protagonista ha muerto o algo parecido).
La espera es quizá el gran tema relacionado con los desaparecidos. Tumba de jaguares es también y entre otras cosas una reformulación de Penélopes que tejen y destejen historias, pues sabemos que ellas son mujeres que escriben sobre mujeres que escriben, o en el primer caso es hombre que escribe sobre mujer que escribe, de modo que cada novela que leemos narra la novela que sigue y la última narra la primera y así se cierra el círculo o parece que comprendemos como comprendía de golpe el personaje de "La escritura de Dios". ¿Qué comprendemos? El juego de espejos y el círculo que se cierra y la cárcel de la que hablaba Borges y la tumba de los jaguares que ya no acechan, porque la desaparición no es lo mismo que la muerte aunque no sabemos en absoluto lo que es la muerte, quizá algo parecido a la desaparición, Dios incluido, el principal desaparecido.
Volvamos al principio. Tumba de jaguares habla de escritores que escriben, de modo que es novela de escritores y su materia prima es la escritura y toda la performatización del acto de escribir y de la vida de escritor. La imaginación asalta constantemente al escritor en sus tareas cotidianas, entonces la novela es imaginada en la novela precedente y expuesta en la posterior, salvo la última que cierra el ciclo y que casi nos invita a releer da capo. La impresión general es la de que asistimos al taller del escritor, a la obsesión del escritor, al reclamo del personaje y, por sobre todas las cosas, a una minuciosísima descripción del ansia de escribir:
"El ansia que nunca la dejaría en paz. Ese nunca era ya exiguo y frágil, pero estaría, como había estado siempre, presente y exigente, invencible. Había aparecido con el cuaderno negro de esquineros de cuero que en letras cursivas decía 'Diario' en la tapa y había estado siempre con ella y cuando ella la contrariaba se revolvía inquieta, la atacaba sin piedad y la hacía sufrir una especie de locura íntima, interna, secreta, que nadie advertía. Pero cuando obedecía a esa ansia, ah, entonces era, ¿qué era?, ya no se hacía esa pregunta porque ahora sabía la respuesta. Alguna vez había llamado felicidad a eso y ahora sabía, sabía como había sabido siempre comprendiéndolo sin pensarlo, que era mucho menos y mucho más [...]."
Todo eso entremezclado con las peripecias cotidianas de personas absolutamente normales con vidas triviales, de modo que la novela es tradicional y autorreferencial a un tiempo. Una delicia de estilo y humor y contagio del ansia de escritor a la de lector. Ansia de lector.
La ironía minimal y una exquisita elaboración del lenguaje desde lo mínimo (poquísimas palabras, frases cortas y muchos blancos) son, quizás, los verdaderos protagonistas de estetexto. Con un mínimo de recursos consigue Federico Jeanmaire construir esta historia sencilla donde se da cabida a temas tan universales como la identidad, la violencia, la justicia, la política y sus negociados y, por supuesto, el lenguaje.
"No me importan los tiempos verbales, señora profesora. No sirven para nada. Matan igual que su ausencia. Exactamente igual."
Su Nuam es una adolescente de origen chino que ha vivido gran parte de su vida en Buenos Aires. Sabemos que su padre tenía un almacén y que luego volvieron a China después de algún incidente. Lo cierto es que Su Nuam escribe todo el tiempo para no "perder el castellano", pero no ha sido capaz de aprender los tiempos verbales, de modo que toda la historia está contada en presente. El resultado es un entretenido e irónico acertijo narrado en primera persona que apunta directamente a la esencia de lo que significa narrar: cómo contar una historia con los mínimos elementos y solo y siempre en tiempo presente que, así y todo, resulte absolutamente comprensible y divertida. Una novela que toma al lector por cómplice.
"Quizás escribir sea eso. Una enorme máquina que funciona con recuerdos y que, dentro de su propio mecanismo interno, necesita recordar no solo los hechos que suceden sino también palabras lindas, que la gente no utiliza demasiado."
Marian Engel, Oso (1976), traducción de Magdalena Palmer, Madrid, Impedimenta (2015) http://impedimenta.es/libros.php/oso Háganse un regalo: lean esta entretenidísma novela erótica de Marian Engel. Aunque no solo erotismo destilan sus páginas. La cosa empieza así: una bibliotecaria un tanto aburrida de su vida tiene la suerte de que le encarguen catalogar la biblioteca de la casa de un coronel que vivió allá por el siglo XIX en una isla de Ontario, adonde nuestra protagonista, Lou, se trasladará todo el verano. Pero la soledad y las inclemencias de un clima norteño no son sus únicos compañeros: allí vive un oso, pero es un oso bastante bueno. Una mascota de la casa, casi un perro. El asunto comienza a ponerse algo perverso hacia la mitad del libro, pero para cuando llegamos a esto, la cosa está bien caldeada.
Marian Engel va insertando la semántica de lo natural, lo salvaje, lo absolutamente libre a medida que avanza ("Tras cruzar un Rubicón en la divisoria de aguas empezó a sentirse libre"; "Pensó en un conocido suyo que afirmaba que hoy en día era imposible encontrar una mujer que oliese a sí misma"; "Homer [el barquero] se dirigía a su hijo con silbidos y cloqueos, como haría con un animal"; "Lou volvió a despertarse temblando y alzó la nariz como un animal"). La escritura, además de escueta y cargada de una elegante ironía, se entrelaza con elementos del todo inquietantes: los libros de aquella biblioteca muy propia de un inglés del siglo XIX, sueltan pequeñas notas relacionadas con los osos. Una mañana se encuentra con una anciana india que está cantando junto a la caseta donde vive la bestia. Ella le dice que se llevarán muy bien y le brillan los ojos. Para entonces ya estamos preparaditos para lo que vendrá a continuación.
"A continuación el oso empezó a lamerle la espalda mojada con su lengua larga y estriada. Fue una sensación curiosa."
Todo se desarrolla la mar de bien y nos divertimos con la picardía, con la osadía.
Oso, además de novela transgresora y desinhibida y al tiempo delicada, no solo expone los quejidos de las mujeres rebeldes ni se hastía con aquel papel femenino secundario y servicial: ¡ya está bien de parodias de la novela romántica! Marian Engel se atreve a ir más allá. Se atreve a contarnos que toda mujer libre tiene la obligación de pensar más allá.
"Porque lo que le disgustaba de los hombres no era su erotismo, sino que dieran por supuesto que las mujeres no lo tenían."
[Publicado en Revista de Letras, 27/05/2016] Tierra inhóspita. Desierto. Pueblos fantasmas. Petróleo y gas.
Carreteras largas y rectas donde no hay ni un alma. Cuando Charles
Darwin llegó a la Patagonia allá por los años treinta del siglo XIX,
escribió en su diario: “Sobre esta tierra pesa la maldición de la
esterilidad”, y parece que nada ha cambiado desde entonces. María Sonia Cristoff
(1965), que conoce bien la zona pues nació en Trelew, sigue notando una
calma falsa, de la que huyó en cuanto pudo. Allá no había suficientes
libros. Sin embargo, dos décadas después, vuelve a adentrarse en aquella
tierra sin bibliotecas para construir un viaje al interior de lo
interior, al núcleo de la desolación. Sigue leyendo
Un hombre astuto es la última novela publicada por el deliciosamente irónico Robertson Davies, un testamento de sabiduría y sentido común, un magnífico ejemplo de literatura sencilla y compleja a un tiempo que consigue divertirnos y emocionarnos y cuyas páginas, de leer lápiz en mano, sufrirán innumerables subrayados y anotaciones en los márgenes en los cuales, naturalmente, abundarán los signos de exclamación. Observemos, por ejemplo, esta definición de aquello que Davies practica con total soltura, la ironía:
"Más adelante, cuando creí ser más sabio, intenté definir lo que era la ironía y descubrí que un antiguo tratadista en poesía había escrito 'Ironía, a la cual llamamos burla seca', y no se me ocurrió mejor expresión para ella: burla seca. No sarcasmo, que es como el vinagre; ni cinismo, que a menudo es la voz del idealismo desengañado, sino la delicada proyección de una luz clara y fría sobre la vida y que, por tanto, la enriquece. El irónico no es amargo, no pretende rebajar lo que le parece valioso o serio; se burla de la expresión barata del chistoso. Para decirlo de alguna manera, permanece un poco al margen, observa y habla con una moderación que a veces adorna con un destello de medida exageración. Habla desde una cierta profundidad y, por lo tanto, no se le debe confundir con el ingenioso, que casi nunca pasa de la superficie de las palabras. El ingenioso pretende ser divertido; el irónico es divertido a su pesar.
(Nota: "Burla seca" pasade inmediato a engordar la lista de mis definiciones preferidas de ironía. Queda bien cerca de la de Schiller, quien hablaba de ironía refiriéndose a ella como la "parábasis permanente", siendo parábasis los comentarios del coro a la acción en la tragedia griega.)
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Un hombre astuto se estructura en cuatro partes de un diario íntimo, el del doctor Hullah, que, ya en edad de jubilación, repasa gran parte de su vida y destila gran parte de su sabiduría y de su buen hacer como médico humanista a raíz de una entrevista que la joven Esme viene a hacerle. Allí conocemos la historia de Hullah desde su infancia hasta su madurez, pero al tiempo la historia de gran parte de Canadá, de sus inmigrados y los prejuicios que trajeron desde Europa; Hullah nos habla de religión y destapa secretos de los bancos, se explaya sobre novedosos conceptos de salud y de medicina general y, para rematar, expone una curiosa manera de leer formalista (burla seca incluida) a la que podríamos llamar "crítica literaria médica" o "leer como si hiciéramos diagnosis clínica" o también "qué debió padecer tal autor o tal personaje a juzgar por sus síntomas" que consiguió que cayera, una vez más, rendida a sus pies.
Robertson Davies, él mismo astuto y sabio, nos dejó una novela absolutamente verdadera. Pruébenla, como la medicina del doctor Hullah, pues si os apetece un poco de tónico reconstituyente, os aseguro que esto (y no hay ni pizca de ñoñez en lo que digo –aunque les dejo a ustedes decidir la dosis necesaria de "burla seca") nos reconcilia con la vida.