rumiar la biblioteca

lunes, 10 de octubre de 2016

Mariana Enriquez: lo perdido, lo quemado, lo desaparecido



Mariana Enriquez, Las cosas que perdimos en el fuego, Barcelona, Anagrama (2016)


[Publicado en Quimera. Revista de Literatura n.º 394, septiembre de 2016]
 

Las cosas que perdimos en el fuego, de la argentina Mariana Enriquez (1973), debería llevar el logotipo de peligro en la cubierta o al menos una advertencia del tipo: Le advertimos que lo que encontrará en este truculento universo habitado mayormente por chicas adolescentes y destroyers, niños deformes y zombis, un montón de fantasmas y desaparecidos que regresan para aterrorizarnos, gente que malvive en la calle bajo leyes estremecedoras, violencia constante, casos de corrupción, psicóticos y desquiciantes hikikomoris, mucho calor y un elevado porcentaje de drogadictos, se acerca bastante al susto y a la taquicardia, aunque con agudísimas dosis de sentido del humor.


Atengámonos a lo evidente: Las cosas que perdimos en el fuego es una colección de cuentos de terror psicológico, social y político. Sin ir muy lejos, recordemos que la reciente historia argentina se asimila bastante al horror (“La ciudad no tenía grandes asesinos, si se exceptuaban los dictadores, no incluidos en el tour por corrección política”, en “Pablito clavó un clavito: Una evocación del Petiso Orejudo”). Ahora bien, Mariana Enríquez toma el género de terror y lo retuerce, lo exacerba de realismo y de ironía, expone el pánico que ataca cotidianamente a los que habitan en tantísimas ciudades latinoamericanas, y por eso da más miedo que un vampiro.

“Me daba cuenta, mientras el chico sucio se lamía los dedos chorreados, de lo poco que me importaba la gente, de lo naturales que me resultaban esas vidas desdichadas.” (“El chico sucio”)

“Durante años pensé que este río podrido era parte de nuestra idiosincrasia, ¿entendés? Nunca pensar en el futuro, bah, tiremos toda la mugre acá, ¡se la va a llevar el río! Nunca pensar en las consecuencias, mejor dicho. Un país de irresponsables.” (“Bajo el agua negra”)

También encontramos a mujeres desesperadas que no saben cómo dejar a sus maridos, o esas chicas algo brujas medievales que se queman a lo bonzo como venganza contra los maltratadores, y ya sabemos que la venganza de las féminas provoca pavor desde tiempos inmemoriales.

“¿Cuándo llegaría el mundo ideal de hombres y monstruas?” (“Las cosas que perdimos en el fuego”)

Sin duda es llamativo cómo reelabora las leyendas populares o urbanas propias de Argentina y ese aire local que tanto me recuerda a mi adolescencia de pueblo de provincia (“El perro se había vuelto loco, les suele pasar a los dóberman, una raza que, según Adela, tenía un cráneo demasiado chico para el tamaño del cerebro”, en “La casa de Adela”), o cómo expone la idiosincrasia de la clase media argentina (“Me parece muy extraño que haya rubios pobres”, en “Nada de carne sobre nosotras”), pero sobre todo cómo dirige al lector hacia una expectativa predecible para romperla en el párrafo que sigue. Creemos que sabemos eso que está a punto de suceder, pero enseguida nos lleva hacia otro lugar, bastante más lejos de lo que nuestra imaginación, conducida como niña de pecho, es capaz de anticipar. Sentimos miedo y vergüenza a un tiempo; nos reímos y a la vez nos aterra nuestro propio pudor.


Además el estilo de Mariana Enriquez, preciso, voraz, violento y a la vez con cierta fresca y directa y también burlona oralidad, resulta sumamente atractivo. Aunque lo que nos atraiga sea asqueroso, mugriento, perverso y, lo sabemos, tantas veces verdadero.

“Era aburrido y yo era estúpida. Tuve ganas de pedirle a alguno de los camioneros que me atropellara y me dejara destripada en la ruta, partida como las perras que veía muertas sobre el asfalto de vez en cuando, algunas de ellas embarazadas, con todos los cachorros agonizando a su alrededor, demasiado pesadas para correr rápido y evitar las ruedas asesinas.” (“Tela de araña”)

Afortunadamente los cuentos de Mariana Enriquez no se pierden en el fuego: poco queda en nosotros de ese regusto ceniciento que suelen dejarnos los libros cuando los cerramos y nos olvidamos de ellos. Bien al contrario: las chispas siguen ahí muchos días después, pues transitar estas páginas se transforma en una experiencia de lectura inquietante, meditativa, sorprendente y, ante todo, divertidísima.

lunes, 3 de octubre de 2016

Andrea Jeftanovic y los vasos comunicantes

Andrea Jeftanovic, Destinos errantes, Barcelona, Comba (2016)
https://www.editorialcomba.com/catalogo/libros/ensayo/destinos-errantes/

Libro de crónicas, de calzarse los "zapatos de otro", de transitar centros y periferias de escenarios diversos: Sarajevo después de la guerra; California cuando fue a estudiar un máster; Río de Janeiro de la mano de Clarise Lispector; la frontera entre Chile y Perú pero desde el lado del mar y junto a un descendiente de japoneses; Alcalá de Henares por una beca de escritura; Israel-Palestina como visita a una asociación que cree que la paz y la reconciliación y el perdón es posible; el Santiago de su infancia y el golpe y la dictadura, o Cuba que visitó como jurado del Premio Casa de América...  

Destinos errantes pero sin embargo unidos por aquella figura llamada metalepsis: "Dos planos de realidad en los que un personaje cruza de un lado a otro portando un misterio" ("Puertas y elipses", quizá la más interesante de las crónicas aquí reunidas), según lo explica ella misma, de modo que leemos a Jeftanovic abriendo una puerta y cruzando pasadizos, vasos comunicantes o máquina del tiempo, que la llevan de un territorio a otro y sobre todo la leemos habitando un territorio y al mismo tiempo otro: es Sarajevo destruida y el recuerdo de las narraciones de su padre; es California en el año 2000 y al mismo tiempo la mítica California beat ya desaparecida; es La Habana de 2011 y también la evocada en fotografías y la de la Revolución y asimismo la adivinada en la voz y la escritura de Isadora Aguirre, etcétera.

"Cuando ya no hay narrativa, cuando ya no se entiende la narrativa del otro, viene la propaganda, el miedo, el uso de la fuerza." ("Desde un estante del Medio Oriente")

¿Por qué escribe Andrea Jeftanovic?, se pregunta en "Puertas y elipses":
"[...] escribo por esa fuerza centrípeta que genera cada libro, esa fuerza que por años funciona atrapando todo lo leído, vivido, imaginado para ese texto que se está gestando, componiéndose de retazos de películas, de otros libros, conversaciones, obras de teatro, historias escuchadas, fantasías, investigaciones personales. Un eje preciso y prolífico que multiplica asociaciones que activa búsquedas."

lunes, 26 de septiembre de 2016

Leo Perutz, el olvidado

Leo Perutz, De noche, bajo el puente de piedra (1953), traducción de Cristina García Ohlrich, Barcelona, Libros del Asteroide (2016)
http://www.librosdelasteroide.com/-de-noche-bajo-el-puente-de-piedra

Ambientados en la Praga y más concretamente en el barrio judío de Praga de la segunda mitad del siglo XVI, De noche, bajo el puente de piedra recoge unos cuantos relatos que trabajan con notable maestría el cuento tradicional, las historias judías, el aire kafkiano con castillo incluido, un toque Gógol con sus demonios y espíritus, algo de Borges y sus paradojas, algo cervantino con perro que habla, algo Pavic con sueños que visitan el sueño de otros dormidos. El tono resulta entrañable: tierno y paródico, como si aquellos personajes fueran marionetas que, al abrir el libro, siguieran infinitamente royendo el mismo hueso. 

Permítanme que me sirva de una cita del cuento "El pintor Brabanzio" para definirlo:
"[...] pero en ello había una magia que no era posible expresar con palabras... Una melancolía invernal y un presagio de primavera, o quizá solo esa belleza que poseen a veces la pobreza y la humildad."
Son cuentos, cierto, pero todos están relacionados, de modo que al final tenemos un fresco que va desde el mismísimo emperador Rodolfo II, pasando por el rabino Loew (el creador del famoso golem de Praga), el filántropo judío Mordejai Meisl y su bellísima esposa Esther, hasta condenados a muerte, cómicos que visitan el cementerio, un pintor, un alquimista y otros tantos personajes de lo más variopintos. 

Sospecho, a juzgar por ese aire algo melancólico, que los cuentos fueron escritos durante su exilio en Palestina. Después de ser un autor de éxito, en cuanto los nazis llegaron al poder, su hermano, que ya vivía en lo que sería Israel, le aconsejó que se reuniera con él lo antes posible y así lo hizo. Sin embargo, Perutz nunca fue un ferviente partidario del sionismo y en cuanto pudo regresó al corazón de Europa, concretamente a Viena, aunque para entonces apenas nadie recordaba quién era Leo Perutz.

lunes, 19 de septiembre de 2016

El asunto del realismo

Primer folio del manuscrito del
Cantar de mio Cid
conservado en la
Biblioteca Nacional de España
El realismo es un asunto que a la literatura española le preocupa sobremanera. ¿Por qué? Bueno, solo hay que recordar que la literatura española se diferencia del resto justamente por esa marca.
  • El Cantar de Mío Cid, considerado el primer documento de la literatura española, es un cantar de gesta inspirado en la épica francesa, pero a diferencia de esta, no se sirve bajo ningún concepto (excepto, dicen por ahí, la escena del sueño del arcángel San Gabriel) de elementos sobrenaturales que sí plagaban su modelo.
  • La tradición de la novela picaresca es realista y de crítica social (recuerden el Lazarillo de Tormes), y oriunda de España.
  • El Quijote se sirve del recurso de la locura para justificar la abundancia de disparates que nos va a contar, y, por lo demás, se la tiene como la primera novela moderna.

¿Qué entendemos hoy por realismo? ¿Algo que se inventó en lo que se conoce como "crisol de culturas" de la península Ibérica, que según Carlos Fuentes, era la sociedad más democrática de la Edad Media? ¿La técnica utilizada por la novelística burguesa del siglo XIX, es decir, la gran tradición de la novela? ¿Un espejo a lo largo del camino? ¿La novela es entonces realista o no es nada? 

Javier Cercas, en "La tercera verdad" (recopilado en El punto ciego) cita a Milan Kundera y su división de la novela moderna en dos tiempos. "El primero, que abarcaría desde Cervantes hasta finales del siglo XVIII, se caracteriza sobre todo por la libertad compositiva, por la alternancia de narración y digresión (o, si se prefiere, de narración y reflexión) y por la mezcla de géneros; el segundo, que empezaría con la eclosión de la novela realista a principios del siglo XIX, se define por oposición al anterior: aunque se beneficia de la libertad absoluta de que Cervantes dotó al género, la rechaza en aras de la narración; aunque se beneficia de la naturaleza plebeya, híbrida o mestiza de que Cervantes dotó a la novela, la rechaza en aras de la pureza, del estatus, de la nobleza largamente ansiada por el género."
No cabe duda, afirma enseguida, de que la segunda concepción de la novela sigue imponiéndose como "la novela" con todas sus implicaciones sociales y políticas que podamos inferir de ese hecho.

Pero ¿qué es exactamente el realismo? ¿Apenas un "efecto de realidad", es decir, un saber desplegar detalles que provocan la sensación de realidad, tal y como diría Barthes? ¿Una imposición casi oulipiana a la narración libre?
 

Terry Eagleton afirma en El acontecimiento de la literatura que lo que realmente se "imita" no es tanto la realidad tal y como la concebimos sino sus "discursos" y son estos los que consiguen el efecto de realidad: "[...] las obras de arte no se corresponden tanto con la realidad en su contenido como en su forma". Además, y siguiendo a Wittgenstein, las novelas son un constructo del lenguaje, y "el lenguaje no se corresponde con la realidad ni la constituye. Más bien nos proporciona los criterios para determinar qué tipo de cosas hay y cómo tenemos que hablar de ellas".

No deja de ser llamativo que el realismo se haya inventado en España (Cercas aclara que el Lazarillo de Tormes, o el inicio de lo "moderno", se lanzó como si fuera una carta real, es decir, se dio por real algo que era ficción, al igual que lo "posmoderno" nació con la reseña falsa: Woolf, Schwob, Borges). Pero también habría que inferir que el concepto de "ficción" se inventó en el momento en que se produjo esa confusión. Dice Eagleton: "[...] la ficción se definió tácitamente en relación a la no ficción en un contexto en el que la diferencia se estaba volviendo problemática". De modo que realismo y ficción nacen de la mano, o la literatura es fingimiento. El autor finge que lo que nos presenta es real y el lector finge que lo cree. Y cuando el lector cree que lo que lee es verdad (como en el caso de la "novela de no ficción", por ejemplo) y al poco se descubre engañado, aplaude el acontecimiento como "algo nuevo", "algo genial", "algo genuinamente literario", "algo de verdad ficcional". Solo nos falta una combinación: aquella que concibe como ficción algo que es real, pero de esto se ha nutrido la literatura en todos los tiempos.

Tampoco deja de ser llamativo que tanto la novela moderna como también la posmoderna se hayan inventado en España, y ahora me refiero a El Quijote. La posmodernidad reclama para sí la segunda parte de El Quijote como texto inaugural. Quizá se trate de llevar al gran público la idea de que la novela no realista (metarreferencial, híbrida, libre) también es de alguna forma española, cosa que llevan intentando Juan Goytisolo, Enrique Vila-Matas, Juan Francisco Ferré, Marta Sanz, el propio Javier Cercas, Agustín Fernández Mallo, Andrés Ibáñez, etcétera. Todos ellos, en cierto momento, se han visto obligados a defenderse de formas más o menos encubiertas de la inculpación de no ser "realistas", es decir, de no ser "escritores españoles". Tal vez se trate de dar un giro al concepto de ficción e invitar al lector común (¡atención, editores!) a que se atreva a jugar el juego de la literatura no burguesa, el que no conoce, el que le incomoda, a que se atreva a descubrirse engañado para experimentar la esencia de lo genuinamente español y ficcional. Téngase en cuenta que el humor es fundamental en cualquier engaño. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

Julio Fajardo Herrero o la novela como asamblea

Julio Fajardo Herrero, Asamblea ordinaria, Barcelona, Libros del Asteroide (2016)
http://www.librosdelasteroide.com/-asamblea-ordinaria

Asamblea ordinaria, de Julio Fajardo (Tenerife, 1979), es un conjunto de tres relatos que se nos presentan ordenadamente intercalados y que se desarrollan en ese territorio tan temblequeante y desestabilizante de la crisis financiera mundial en la que todavía, oh, lectores, estamos inmersos. Tres relatos, digo, que se nos ofrecen como un libro-asamblea con sus respectivos y diferentes tres puntos de vista:




  1. Uno contado por una mujer en primera persona que ha dejado de cobrar el sueldo aunque sigue trabajando mientras su marido, un desempleado de larga duración, se la pasa de reunión en reunión de activistas.
  2. El segundo contado por un chico de origen humilde y a pesar de ello de alto nivel educativo que trabaja en una oficina de un empresario de clase alta que va echando, poco a poco, a todos los empleados. Está narrado como una carta, con un interlocutor directo, de modo que predomina la segunda persona.
  3. Un tercer relato contado en tercera persona que narra la historia de una mujer viuda y de su sobrino que, a falta de recursos, se muda a vivir con ella. 


"Decías que tanto el hostiazo financiero global como nuestra propia catástrofe nacional de economía y trabajo —y también todos los cambios y el mogollón de medidas que habían venido motivadas o justificadas por ese proceso—, en el fondo no eran sino los pasos sucesivos de una estrategia muy lógica y muy premeditada [...]. Decías que era un plan diseñado en base a lo que tenían calculado que los ciudadanos íbamos a ser capaces de soportar en cada fase, y concebidos más que nada para ir poco a poco acostumbrándonos a todos a tener bastante menos."

Hasta aquí, otro libro de relatos independientes que tal vez pueden leerse como novela coral y asamblearia sobre la crisis (donde, como en toda asamblea, nadie se pone de acuerdo), escrita con una interesante prosa templada, elegante, algo seria, de periodos largos y de reminiscencias orales. Sin embargo, Julio Fajardo pareciera que viene a decirnos que no solo habla de la crisis socioeconómica sino también de las pequeñas crisis desencadenadas en los personajes bajo la presión de semejante situación, y de cómo lo que en un principio parece algo panfletario y aquejado de un maniqueísmo simplista luego se descoyuntura, se desmarca o, para decirlo de otra manera, cobra ambigüedad y se parece más a la literatura y a la vida. 

La crisis también es oportunidad, sálvese quien pueda, conócete a ti mismo, me escapo por la puerta de atrás.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Danny Wattin o el viaje por el mapa de la memoria

Danny Wattin, El tesoro de herr Isakowitz, traducción de René Vázquez Díaz, Barcelona, Lumen (2016)
http://www.megustaleer.com/libro/el-tesoro-de-herr-isakowitz/ES0127703

Novela de viaje, pero un viaje a la inversa: padre, hijo y abuelo van en busca del tesoro que herr Isakowitz, un judío polaco que emigró a Suecia, dejó enterrado en su jardín antes de partir. ¿Qué es ese tesoro? Nadie lo sabe. Quizá una excusa para emprender un viaje por el mapa de una Europa que conoció la desolación: desde Suecia a Polonia. Pero también un viaje por el mapa de la memoria: la de Danny Wattin y su familia judía.


"Tres hombres en un coche en busca de nuestros orígenes, unidos en el intento de recuperar lo que nos pertenece."

El viaje, salpicado de abundante comida y retazos de voces verdaderas, nos relata la historia de la pesadilla de la Alemania Nazi y de la no siempre acogedora Suecia, "un lugar donde las personas no hablan unas con otras". Pero sobre todo consigue transmitir la absoluta incredulidad de lo que pasó entonces y que, Wattin parece decirnos, ojalá no vuelva a repetirse. También advierte que Europa no aprende, a juzgar por ciertos indicios (nacionalismos, neofascismos, xenofobia, etcétera) que proliferan como setas.

"Nosotros siempre nos habíamos sentido alemanes. Yo era alemán. Mi padre era alemán. Él había luchado por Alemania en la Primera Guerra Mundial, desde el segundo día de la guerra hasta el final. Y, de repente, dejó de ser considerado alemán. Nadie lo podía imaginar." 

Ahora bien, y a pesar del tema, El tesoro de herr Isakowitz transcurre como una roadmovie fresca, irónica y tierna a un tiempo, de estilo sencillo que consigue empatizar inmediatamente con el lector. Nos habla de las diferencias generacionales con inteligencia, de los conflictos entre padres e hijos. También del pasado y de sus cosas terribles, pero a la página siguiente nos cuenta una anécdota (humor negro de vez en cuando) que consigue distender la lectura.
  
"—Yo voy a recuperar el apellido Isakowitz —dice mi hijo.
—Ajá —dice mi padre—. Buena suerte a la hora de encontrar trabajo."