rumiar la biblioteca

lunes, 9 de diciembre de 2013

Mario Levrero o la meditación caligráfica

Mario Levrero, El discurso vacío, Barcelona, Caballo de Troya (2007)
http://www.megustaleer.com/ficha/CT94128/el-discurso-vacio

El intento por no hablar de nada en concreto, como una especie de meditación, es decir, dejar que los pensamientos fluyan sin detenerse en ninguno y seguir atento a la respiración. Lo mismo hace Levrero en este diario: se propone evitar la narración para prestar atención únicamente a la letra, a cómo la letra se dibuja en la página, a la dificultad para dibujarla, a cómo la mano se apresura a terminar de llenar la hoja cuando queda poco para completarla, y eso no está bien, dice, porque al darse prisa se está adelantando a los acontecimientos, y de lo que se trata es de conseguir escribir con la mente en blanco: concentrarse únicamente en la caligrafía.

El discurso vacío es algo así como un diario cotidiano (en la línea que desarrollará más tarde en La novela luminosa) sobre cómo la caligrafía determina la temática y cómo se consigue, acostumbrado a narrar, luchar para dejar de hacerlo.

Comienza el diario con el siguiente planteamiento: si existen estudios caligráficos que ponen de manifiesto la personalidad de quien escribre, ¿qué pasaría si cambiamos la caligrafía, cambiaría nuestra personalidad?

¿La caligrafía determinará también el estilo? Por no narrar, Levrero acude a describir: así conocemos los movimientos del perro, que junto a la atención del dibujo de la letra, se transforma en el protagonista del libro. No escondo que enseguida sentí por él cierta simpatía, quizá por traerme a la memoria al que fuera mi propio perro, y también porque dicen que las mascotas, como la caligrafía, se parecen a sus dueños.
(Apunte: averiguar si existe algún estudio comparativo entre aquellos autores que por lo general narran sobre perros y los que suelen tirar hacia los gatos, y si además a alguien se le ha ocurrido detectar rasgos comunes entre los más sofisticados adoradores de mariposas, pájaros, peces, reptiles e incluso plantas de todo tipo. Servirse de antologías para la tarea. Yo imagino una antología sobre perros que siga esta línea: Cervantes, "El coloquio de los perros"; Kafka, "Investigaciones de un perro"; Bulgákov, Corazón de perro; Bioy Casares, De cara al sol; Auster, Tombuctú; Levrero, El discurso vacío o "Los carros de fuego", que empieza por gato y termina en perro; Askildsen, "Allí está enterrado el perro", "Los perros de Tesalónica", o cualquiera de Askildsen, porque todos se comportan como perros; etc. Seguramente me dejo un montón de perros, por olvido o desconocimiento; de todos modos ya es una colección algo larga para un solo tomo, larga y hasta quizá poco rentable, pero tonificante.)

"La gente suele incluso decirme: 'Ahí tiene un argumento para una de sus novelas', como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo.  Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, olvidar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones."






lunes, 2 de diciembre de 2013

Lo proustiano: José Donoso y Alan Pauls



Marcel Proust, Sobre la lectura,
traducción de Manuel Arranz,
Valencia, Pre-textos (2002)
Dice Marcel Proust en Sobre la lectura que una de las grandes cualidades de los bellos libros es eso que el autor llamaría "conclusiones" pero que para el lector se transforman en "incitaciones". Y se explica: "Somos conscientes de que nuestra sabiduría empieza donde la del autor termina, y quisiéramos que nos dieran respuestas cuando todo lo que pueden hacer por nosotros es excitar nuestros deseos".

Acto seguido evocamos la lectura de En busca del tiempo perdido recordando cuál fue el deseo que nos produjo: revivimos el lugar, el tiempo que hacía fuera, el paisaje en la ventana, las interrupciones deliberadas o ajenas, algunos momentos-bostezo entremezclados con el deleite en recorrer esas frases tan largas y subordinadas, en las que el protagonismo de detalles insignificantes, gestos mínimos y elementos cotidianos (¡una madalena!) pueden desencadenar innumerables hilos narrativos y situacionales... 

Cada uno sabrá dar forma a eso que la madalena ha evocado en nosotros, o si vamos más lejos, si hemos sido capaces de encontrar una madalena para nosotros, si hemos extrapolado eso que en Proust es madalena y en nosotros vaya uno a saber qué, cómo y sobre todo cuándo, porque está por ver si eso que en Proust es madalena se materializará (o no) en nosotros como el objeto que ha despertado nuestra evocación, con la misma entidad que esa madalena cuando el tiempo haya pasado y tengamos una perspectiva que nos permita recuperar una vida entera, y entonces nos demos cuenta de que no hemos hecho más que perder el tiempo. ¡Cuánto tiempo perdido!, nos diremos si resulta que no hemos conseguido dar con algo parecido a esa madalena. 

Pero no quiero hablar o sobre todo especular sobre el deseo que la lectura de la serie completa ha incitado en mí, de mi suerte al leer la serie completa (no voy a fanfarronear de haber cobrado por espacios), sino de dos lecturas que extrajeron de allí digno impulso creativo y del todo deseoso:


José Donoso, Mascarada,
México, FCE (2006)
José Donoso construye un homenaje y a la vez una parodia en "El tiempo perdido", una novela corta en la que se nos cuenta la última noche de un joven que está a punto de viajar a París con una beca. Donoso acierta al narrarnos las peripecias con una voz à la Proust, donde los personajes se identifican con cada uno de los personajes de la celebrada novela, pero sobre todo da en la diana cuando intercala los diálogos entre los personajes, porque las palabras que ellos dicen no están teñidas del estilo del narrador. Todo aquello tan proustiano se cae de un plumazo y se evidencia el hechizo. Es novela irónica y estimulante, y por lo demás aborda con humor el tema de la mitomanía de lo que significa Europa para los sudamericanos y su consiguiente sensación de decepción: el París que el joven se encuentra no se parece en nada al leído.


Alan Pauls, Historia del dinero,
Barcelona, Anagrama (2013)
Otro caso, aunque diferente, es el de Alan Pauls: impecable reformulación de la proustinfluencia en su prosa, deseo de madalena que es deseo de escribir, y no hablo de deseo exclusivamente porque justo (ay, casualidad) se trate de uno de esos escritores que se deja desear, sino porque aborda desde el placer y el gozo el oficio de juntar palabras. Historia del dinero es la última parte de una trilogía que busca indagar y contarnos los años setenta en Argentina a partir de aquello cotidiano y por ello transparente (si es que se puede decir del dinero que es transparente), aquello que se ha dejado de lado al narrar la década donde lo político se inmiscuye en cada hueco. Trilogía que es, de un modo diría que explícito, una recherche de todo aquello perdido: los setenta vistos desde tres ángulos poco habituales y sumamente cotidianos.

Vidas de clase media en las que el dinero importa: el dinero es madalena para muchos de nosotros; un billete perdido puede hacernos desfallecer de búsqueda: tener algo de dinero, ni mucho ni poco, nos alerta de que podemos perderlo.

Dice el mismo Pauls (con ese aire un poco histérico y refinado) que no es más que una novela porno sobre el dinero: el billete obsceno, explícito, en todas partes, en cada escena, en todas las relaciones.
Detengámonos un momento: casi un espejo de la realidad.

Aquí dejo un vídeo donde explica, con su humor característico, en qué consiste Historia del dinero:


 
 

lunes, 25 de noviembre de 2013

Lucía Puenzo, El médico alemán y el espanto








Ando rumiando sobre el dilema entre la aceptación honesta de la diversidad y la ambición humana por la perfecta simetría.

En esta película de Lucía Puenzo, El médico alemán (Wacolda), ambigua y por eso mismo incómoda (oh, ambigüedad, oh, verdad resbaladiza y diana de nuestras contradicciones), asistimos a un diálogo entre el padre y la niña en donde se dice: todas las personas son diferentes y esa es la gracia de la especie humana.
El padre le dice esto a su hija, la que no ha crecido lo suficiente, mientras confecciona una de sus muñecas, todas diferentes. Ahora bien, en cuanto al padre se le presenta la posibilidad de la manufactura en serie, se olvida de la belleza de la imperfección. No hace falta decir que la hija añora ser más alta, y quién no.
Si la belleza radica en la imperfección, deberíamos aceptar la diversidad toda, incluso aquella que molesta, aquella que queremos "mejorar". En esto estamos todos de acuerdo: se trata de una temática remanida aunque siempre engorrosa. No solo la diferencia, también la enfermedad. No solo la belleza, también la vejez y la posiblidad de la muerte.
Temática capaz de abarcar incontables baldas y reflexiones sesudas en no pocas mentes despiertas, no cabe duda de ello. Por eso creo que la película toca allí donde duele: al molesto asunto de la imperfección se le suma el abismo del nazismo, y como adopta ese punto de vista algo ambiguo, deja al espectador en un sitio donde no le queda más remedio que aceptar su propia hipocresía. 
Salí del cine pensando en médicos, en farmacéuticas, en hormonas de crecimiento, en tratamientos de fertilidad, en cirujía plástica y sobre todo en circos, entre otras cosas, y también recordando una lectura prolífica y por momentos muchísimo más incómoda: En Hotel Finisterre (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012), Miguel Morey pone en boca de uno de sus personajes lo siguiente: 


"¿Por qué se ha silenciado una y otra vez hasta qué punto es deudor nuestro conocimiento de hoy, incluso el de hoy, de aquellos experimentos? ¿Acaso no se ofreció, poco después, una amnistía a todos los científicos que, habiendo realizado un trabajo científico en los campos nazis y nipones, aceptaran emigrar a los Estados Unidos con los resultados de sus experimentos – no puede negarse, las cifras cantan…?


Sobreimpresas ahora en la pantalla, las cifras que cantan…


¿No es bastante prueba esta de que eran experimentos necesarios, que simplemente había que ser lo suficientemente fuerte como para llevarlos a cabo?


Si fuera preciso, la prueba palpable la dan las imágenes: Wernher von Braun, Rudolph Hermann, Arthur Rudolph, Hubertus Strughold…"

Se trata de uno de esos médicos amorales, uno de los que conviven con el espanto.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Alejandro Zambra o la novela taller

Alejandro Zambra, Formas de volver a casa, Barcelona, Anagrama (2011)
http://www.anagrama-ed.es/titulo/NH_487

"Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla", nos dice Zambra en esta novela taller, donde la ficción y la realidad se abastardan, donde la historia privada, la de padres e hijos, se enfrenta al tribunal. Parece novela de la dictadura, de héroes y cobardes, cierto, pero sobre todo es novela del proceso de rememorar y de la vacilación al elegir los momentos. Es vaivén entre escribir la ficción y mostrar cómo hacerlo.

"Recordamos más bien los ruidos de las imágenes. Y a veces, al escribir, limpiamos todo, como si de ese modo avanzáramos hacia algún lado. Deberíamos simplemente describir esos ruidos, esas manchas en la memoria."

Formas de volver a casa se parece bastante a un laboratorio, un ensayo de prueba-error en el que los recuerdos son traidos a tirones o aparecidos de improviso en el mismo instante de juntar palabras, a pesar de que la operación se lleve a cabo dubitando.

También reflexiona sobre cómo la escritura es experiencia de conocimiento, o para ser más preciso: es transitar algo parecido a una revelación, aunque siempre tropezando. Pero sobre todo escribir es responder a la necesidad de leer por fin aquello deseado, o como dijo Walter Benjamin en algún sitio: escribimos aquello que nos gustaría haber leído.

"Abandonamos un libro cuando comprendemos que no estaba para nosotros. De tanto querer leerlo creímos que nos correspondía escribirlo. Estábamos cansados de esperar que alguien escribiera el libro que queríamos leer."
 
Por lo demás, su estilo es minimalista y al tiempo autorrumiante, y como la obra, al igual que las mascotas, suele parecerse al autor (o al menos a alguna de sus formas), dejo aquí para el curioso una entrevista, gentileza de Canal-L:







lunes, 11 de noviembre de 2013

Iosi Havilio y el hiperrealismo

Iosi Havilio, Paraísos (2012), Barcelona, Caballo de Troya (2013) 


Aquello que la protagonista y narradora de esta historia no se cansa de mostrarnos, pobrecitos lectores impacientes, ávidos de emoción, es que ella sufre de algo parecido a lo que el DSM llama "alexitimia" o incapacidad de sentir, es decir, la abulia abosluta, la rutina del no sé, la neutralidad prístina y boba. Dan ganas de darle una palmadita en el trasero, de tirarle de las orejas, de sacudirla para que despierte. Dan ganas de pellizcarla. Pero la desgana es persistente y Havilio la sobreexpone en la página: el hiperrealismo de su estilo o esas descripciones minuciosas que terminan por exasperarnos, reflejan sin trampas la voz de esta muchacha.

Leo suelta esta novela que continúa una anterior, Opendoor, y por eso no llego a saber si esta incapacidad de sentir, de transmitir, de tomar decisiones es un rasgo de su personalidad o más bien un paréntesis, un estado de shock: su marido ha muerto en un accidente, acaban de desalojarla y tiene que buscarse la vida en la capital. Eso de buscarse la vida es un decir, porque es la vida quien la encuentra a ella, o mejor, la arrastra con su inercia. Sin embargo sobrevive, se acopla a planes descabellados porque nunca sabe qué hacer. No sabe ni quiere saber; por no querer ni siquiera desea: será que el paraíso, además de un árbol, se asemeja al nirvana hindú, el de no desear ni esperar.

A mitad de libro a punto está de ocurrir una desgracia, y por fin la vemos actuar, decidir y hasta sentir miedo, e incluso pensamos que la justicia es implacable y que la castigará por tanta dejadez. Pero la novela es tan realista que enseguida el miedo se disipa y todo vuelve a la normalidad.


Por lo demás nadie dudará en celebrar que el estilo neutro e hiperrealista en descripciones a lo Camus en El extranjero o quizá un poco nouveau roman reitera el sabor de boca: la indecisión, la incapacidad, la banalidad de lo cotidiano. Porque muchas decisiones nos toman a nosotros, aunque nos guste pensar lo contrario.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Ariana Harwicz o la asfixia

Ariana Harwicz, Matate, amor, Madrid, Lengua de Trapo (2012)
http://www.lenguadetrapo.com/libro.php?sec=NB&item=335

Discurso de la asfixia el de Matate, amor; de la mujer con ganas de eso que no es eso que tiene al alcance de la mano, ni marido ni hijo ni familia ni ella misma ni cielo ni campo, y aunque todo lo toma y todo lo intenta (la tentación del asesinato-suicidio acechando; la atracción de la locura como fuga; la fascinación de la violencia para apaciguar a esa bestia del bosque que es ella misma; la utilización sistemática del sexo como paliativo a su hartazgo) y aunque intenta hacerse a un costado, desentenderse, hundirse en el colchón de hojas del bosque y quedarse bien quieta, esa que solo conecta (a ver si de esa forma cobra sentido) con la mirada de un ciervo (el único que la ha mirado con la comprensión instantánea de la fuerza vital, de la angustia de la existencia), nada de todo eso logra cambiar su discurso del que apenas si podemos desentendernos desde el principio hasta la última página.

Desmitificación, también, del rol de la mujer como madre-esposa y siempre alegre y complaciente compañera de la que, si uno prefiere quedarse con el tabú de la depresión posparto, mejor que evite lecturas como estas.

Sorpresa, sin duda, porque la voz y la prosa y el estilo es hipnótico y lírico y abunda en imágenes; texto que transforma y que nos deja con regusto a ansiedad durante un buen rato.