rumiar la biblioteca

lunes, 25 de noviembre de 2013

Lucía Puenzo, El médico alemán y el espanto








Ando rumiando sobre el dilema entre la aceptación honesta de la diversidad y la ambición humana por la perfecta simetría.

En esta película de Lucía Puenzo, El médico alemán (Wacolda), ambigua y por eso mismo incómoda (oh, ambigüedad, oh, verdad resbaladiza y diana de nuestras contradicciones), asistimos a un diálogo entre el padre y la niña en donde se dice: todas las personas son diferentes y esa es la gracia de la especie humana.
El padre le dice esto a su hija, la que no ha crecido lo suficiente, mientras confecciona una de sus muñecas, todas diferentes. Ahora bien, en cuanto al padre se le presenta la posibilidad de la manufactura en serie, se olvida de la belleza de la imperfección. No hace falta decir que la hija añora ser más alta, y quién no.
Si la belleza radica en la imperfección, deberíamos aceptar la diversidad toda, incluso aquella que molesta, aquella que queremos "mejorar". En esto estamos todos de acuerdo: se trata de una temática remanida aunque siempre engorrosa. No solo la diferencia, también la enfermedad. No solo la belleza, también la vejez y la posiblidad de la muerte.
Temática capaz de abarcar incontables baldas y reflexiones sesudas en no pocas mentes despiertas, no cabe duda de ello. Por eso creo que la película toca allí donde duele: al molesto asunto de la imperfección se le suma el abismo del nazismo, y como adopta ese punto de vista algo ambiguo, deja al espectador en un sitio donde no le queda más remedio que aceptar su propia hipocresía. 
Salí del cine pensando en médicos, en farmacéuticas, en hormonas de crecimiento, en tratamientos de fertilidad, en cirujía plástica y sobre todo en circos, entre otras cosas, y también recordando una lectura prolífica y por momentos muchísimo más incómoda: En Hotel Finisterre (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012), Miguel Morey pone en boca de uno de sus personajes lo siguiente: 


"¿Por qué se ha silenciado una y otra vez hasta qué punto es deudor nuestro conocimiento de hoy, incluso el de hoy, de aquellos experimentos? ¿Acaso no se ofreció, poco después, una amnistía a todos los científicos que, habiendo realizado un trabajo científico en los campos nazis y nipones, aceptaran emigrar a los Estados Unidos con los resultados de sus experimentos – no puede negarse, las cifras cantan…?


Sobreimpresas ahora en la pantalla, las cifras que cantan…


¿No es bastante prueba esta de que eran experimentos necesarios, que simplemente había que ser lo suficientemente fuerte como para llevarlos a cabo?


Si fuera preciso, la prueba palpable la dan las imágenes: Wernher von Braun, Rudolph Hermann, Arthur Rudolph, Hubertus Strughold…"

Se trata de uno de esos médicos amorales, uno de los que conviven con el espanto.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Alejandro Zambra o la novela taller

Alejandro Zambra, Formas de volver a casa, Barcelona, Anagrama (2011)
http://www.anagrama-ed.es/titulo/NH_487

"Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla", nos dice Zambra en esta novela taller, donde la ficción y la realidad se abastardan, donde la historia privada, la de padres e hijos, se enfrenta al tribunal. Parece novela de la dictadura, de héroes y cobardes, cierto, pero sobre todo es novela del proceso de rememorar y de la vacilación al elegir los momentos. Es vaivén entre escribir la ficción y mostrar cómo hacerlo.

"Recordamos más bien los ruidos de las imágenes. Y a veces, al escribir, limpiamos todo, como si de ese modo avanzáramos hacia algún lado. Deberíamos simplemente describir esos ruidos, esas manchas en la memoria."

Formas de volver a casa se parece bastante a un laboratorio, un ensayo de prueba-error en el que los recuerdos son traidos a tirones o aparecidos de improviso en el mismo instante de juntar palabras, a pesar de que la operación se lleve a cabo dubitando.

También reflexiona sobre cómo la escritura es experiencia de conocimiento, o para ser más preciso: es transitar algo parecido a una revelación, aunque siempre tropezando. Pero sobre todo escribir es responder a la necesidad de leer por fin aquello deseado, o como dijo Walter Benjamin en algún sitio: escribimos aquello que nos gustaría haber leído.

"Abandonamos un libro cuando comprendemos que no estaba para nosotros. De tanto querer leerlo creímos que nos correspondía escribirlo. Estábamos cansados de esperar que alguien escribiera el libro que queríamos leer."
 
Por lo demás, su estilo es minimalista y al tiempo autorrumiante, y como la obra, al igual que las mascotas, suele parecerse al autor (o al menos a alguna de sus formas), dejo aquí para el curioso una entrevista, gentileza de Canal-L:







lunes, 11 de noviembre de 2013

Iosi Havilio y el hiperrealismo

Iosi Havilio, Paraísos (2012), Barcelona, Caballo de Troya (2013) 


Aquello que la protagonista y narradora de esta historia no se cansa de mostrarnos, pobrecitos lectores impacientes, ávidos de emoción, es que ella sufre de algo parecido a lo que el DSM llama "alexitimia" o incapacidad de sentir, es decir, la abulia abosluta, la rutina del no sé, la neutralidad prístina y boba. Dan ganas de darle una palmadita en el trasero, de tirarle de las orejas, de sacudirla para que despierte. Dan ganas de pellizcarla. Pero la desgana es persistente y Havilio la sobreexpone en la página: el hiperrealismo de su estilo o esas descripciones minuciosas que terminan por exasperarnos, reflejan sin trampas la voz de esta muchacha.

Leo suelta esta novela que continúa una anterior, Opendoor, y por eso no llego a saber si esta incapacidad de sentir, de transmitir, de tomar decisiones es un rasgo de su personalidad o más bien un paréntesis, un estado de shock: su marido ha muerto en un accidente, acaban de desalojarla y tiene que buscarse la vida en la capital. Eso de buscarse la vida es un decir, porque es la vida quien la encuentra a ella, o mejor, la arrastra con su inercia. Sin embargo sobrevive, se acopla a planes descabellados porque nunca sabe qué hacer. No sabe ni quiere saber; por no querer ni siquiera desea: será que el paraíso, además de un árbol, se asemeja al nirvana hindú, el de no desear ni esperar.

A mitad de libro a punto está de ocurrir una desgracia, y por fin la vemos actuar, decidir y hasta sentir miedo, e incluso pensamos que la justicia es implacable y que la castigará por tanta dejadez. Pero la novela es tan realista que enseguida el miedo se disipa y todo vuelve a la normalidad.


Por lo demás nadie dudará en celebrar que el estilo neutro e hiperrealista en descripciones a lo Camus en El extranjero o quizá un poco nouveau roman reitera el sabor de boca: la indecisión, la incapacidad, la banalidad de lo cotidiano. Porque muchas decisiones nos toman a nosotros, aunque nos guste pensar lo contrario.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Ariana Harwicz o la asfixia

Ariana Harwicz, Matate, amor, Madrid, Lengua de Trapo (2012)
http://www.lenguadetrapo.com/libro.php?sec=NB&item=335

Discurso de la asfixia el de Matate, amor; de la mujer con ganas de eso que no es eso que tiene al alcance de la mano, ni marido ni hijo ni familia ni ella misma ni cielo ni campo, y aunque todo lo toma y todo lo intenta (la tentación del asesinato-suicidio acechando; la atracción de la locura como fuga; la fascinación de la violencia para apaciguar a esa bestia del bosque que es ella misma; la utilización sistemática del sexo como paliativo a su hartazgo) y aunque intenta hacerse a un costado, desentenderse, hundirse en el colchón de hojas del bosque y quedarse bien quieta, esa que solo conecta (a ver si de esa forma cobra sentido) con la mirada de un ciervo (el único que la ha mirado con la comprensión instantánea de la fuerza vital, de la angustia de la existencia), nada de todo eso logra cambiar su discurso del que apenas si podemos desentendernos desde el principio hasta la última página.

Desmitificación, también, del rol de la mujer como madre-esposa y siempre alegre y complaciente compañera de la que, si uno prefiere quedarse con el tabú de la depresión posparto, mejor que evite lecturas como estas.

Sorpresa, sin duda, porque la voz y la prosa y el estilo es hipnótico y lírico y abunda en imágenes; texto que transforma y que nos deja con regusto a ansiedad durante un buen rato.





lunes, 28 de octubre de 2013

Alrededor o desaliento derridiano

Fuera, lejos, desprendida de mi mesa de trabajo, esa mesa o lugar que ahora es no-lugar (o lugar-simbólico-recuerdo, un cable a tierra allí donde sé que habita mi concentración y eso que a veces llamo proyectos), espero soñolienta y desganada y abúlica de poner los dedos en la máquina de las palabras, pero espero, digo, que al llegar a esa mesa de mí consiga incorporarme a la corriente de los devaneos que ahora se ha diluido en mí, y a saber si la corriente notará el paréntesis, y a saber si sabrá sacarle provecho, ese fluir que ahora conservo como deseo y cicatriz en la piel de mis codos gastados.

Lejos, aunque posiblemente alrededor de mí (si puedo nombrarme sin mesa de trabajo, si puedo decir yo y acostumbrarme a este nuevo escenario que acaba por descolocarme y apartarme del discurrir de mí), atino a rememorar ese imaginario derridiano ahora que estoy alrededor, ahora que habito la periferia de mi propio trabajo, como si trabajo fuese mesa de trabajo, como si apartarse de esa mesa y fugarse de esa mesa fuese la ruptura del convencimiento de ese trabajo, como si alejarse me dejara un regusto de duda, de si vale la pena escribir. Escribir, ese acto obceno, dice Derrida, ese mostrarse al desnudo y enseguida pedir perdón por la desfachatez.

Lejos y al mismo tiempo hospitalaria con cada desgaje, porque desgajarse obliga a suponer un límite y también un anclaje, acogedora con cada alejarse porque irremediablemente uno vuelve allí, porque situarse un poco en el afuera o la periferia de sí tergiversa las convicciones y las pone sobre la mesa y las baraja y las muestra. (Aclaro que soy torpe para las trampas y nunca supe guardarme el as en la manga.)

Exilada de mí me extravío en el sinsentido de mi trabajo y transito uno extranjero: se trata de un documental de Jacques Derrida en Arte (Francia), con subtítulos en español. Una huella derridiana para el desaliento. 

http://www.youtube.com/watch?v=2dFM1OO315k

lunes, 21 de octubre de 2013

Renzi, el disidente

Ricardo Piglia, El camino de Ida, Barcelona, Anagrama (2013)
http://www.anagrama-ed.es/titulo/NH_517

El argumento: Renzi, profesor argentino invitado en la costa este de Estados Unidos, mantiene un affair clandestino con Ida, una joven brillante profesora que muere accidentalmente (sospechosamente). A partir de ahí, la novela se pone negra: detective, terrorista, denuncia social.
El material escénico de la novela fue aprovechado, nos dice Piglia, de su propia experiencia, de modo que se podría decir que construyó un policial con retazos de su propia vida, o quizá: una autobiografía de existencialismo negro.

*

Vagas aproximaciones al eco de la lectura (porque en esta novela hay muchísimas capas):

1) La ida es desgarro o desautomatización o perderse o sufrir de cristalización arborescente, según la define el médico de Renzi, es decir, "sensación de extravío" que se agrava en un sitio en el que se ha estado en el pasado y que se recuerda vagamente. Es estar escindido, como Hudson (el autor a quien Renzi dedica su seminario en Estados Unidos) decía de sí: "Me siento enancado en dos patrias, dos nostalgias, dos esencias".

Se podría argumentar que el camino es siempre de ida, y que se avanza continuamente, y que la ida nos deja en un lugar donde siempre existen al menos dos realidades posibles, una visible, otra subterránea (y esta pista aparece repetida en toda la novela, y no parece falsa: la relación amorosa-clandestina con Ida; cuando cita a Hudson hablando del tucu-tucu, una especie de topo que no se ve pero se oye; el acuario con el tiburón gigante sito en el sótano del profesor D'Amato; ese jirón de conversación escuchado en la barra de un bar que hace referencia a un taller del sótano donde quien habla confiesa encontrar la felicidad, o esos dos "Estados Unidos", uno el visible y democrático, y otro el estado subterráneo de hiper-control, el que se inmiscuye en la intimidad de las personas). Lo subterráneo está envuelto en violencia, exuda la novela.

2) La cuestión de la asimilación entre aquello tan temido y tiránico (las dictaduras militares, la URSS), y ese estado subterráneo violento y de hiper-control. "Según Munk, diagnosticarlo como un loco y no dejarlo defenderse era usar los métodos de la psiquiatría soviética, que siempre había afirmado que los disidentes eran locos porque nadie en su sano juicio podía oponerse al régimen soviético, que era un paraíso y expresaba el sentido de la historia."

3) El asunto del anarquista, Munk. El científico que envía bombas a sus colegas, quienes, según su criterio, no son otra cosa más que los ideólogos de la desaparición de la humanidad. Munk, ese Quijote-terrorista, porque ha leído y se ha infundido del espíritu de El agente secreto de Conrad, llevándolo a la práctica; Munk, que se ve obligado a poner bombas para que lo escuchen, según dice, o más precisamente para que lo lean. Matar para que lo lean, ironiza la disidente rusa, vecina de Renzi.

Después de las bombas, Munk publica un Manifiesto libertario anticapitalista. Allí expone sus razones y propone (o al menos imagina), una posible sociedad futura: "¿Qué pasa si intentamos tomar a la vez varias decisiones contradictorias y las mantenemos separadas como series abiertas? Una vida política, una vida sentimental, familiar, sexual, religiosa que tengan entre sí relaciones muy difusas (por no decir clandestinas)". [...] "(El ejercicio de imaginar mundos posibles o sociedades alternativas es una constante del pensamiento utópico, pero a nadie se le ha ocurrido salvo por accidente o por azarimaginar varias vidas personales simultáneas, radicalmente distintas unas de otras, y luego ser capaz de vivirlas.)".

4) Y Renzi se parece cada vez más a un disidente (criticón, escindido, desterrado, desconfiado y hasta delirante). Solo habla con el loco Orión, el homeless, uno que realmente puede jactarse de no pertenecer a nada ni a nadie. Renzi se recuerda revolucionario él también, o Renzi parece que empatiza con el anárquico, porque hay que recordar que la anarquía no es solo poner bombas, y que, por lo demás, sigue siendo un fantasma frustrado: la gestión por cooperativas y ayuda mutua, anti-estatal, que apenas si se ha llevado a la práctica a pesar de ser una de las ideologías más importantes del siglo XIX.

5) Me ha rondado a mí, como otra posible lectura, una ficcionalización de algo que podríamos llamar cambio de paradigma: de un sistema cerrado, dual y contrapuesto (visible/subterráneo, correspondiente a las ideas de gobierno planteadas en el siglo XIX y puestas en práctica en el XX, por lo demás, enfrentadas y equilibradas), en camino hacia la multiplicidad con la que da la sensación de que deberíamos lidiar, una democracia futurible y plural, cercana a una anarquía pacífica y de buena fe (si eso fuera posible), o quizá con la que fantaseamos (hartos ya de castas y corrientes subterráneas, detalles que la democracia debería haber echado por tierra hace rato), al menos teóricamente: la curiosidad, la auténtica meritocracia, el extrañamiento por antojo, las mezclas culturales, las teorías cuánticas, las fugas mútiples. Sería interesante leer esa utopía.

*

Quizá sea mejor escuchar a Piglia tratando de explicar su propia novela:

http://www.youtube.com/watch?v=W1CE7P19WHM