Élan de Copi : rumiar la biblioteca

lunes, 1 de julio de 2013

Élan de Copi

A Marcos Rosenzvaig

Nació pequeña, como todos los niños del mundo, como dice esa película de Herzog, como aquellos enanos que también nacieron pequeños. Pero así se quedó. Y se enfada sobremanera cuando la confunden con una niña, como acaba de sucederle de camino a casa. ¿Niñita?, ha preguntado levantando el rostro hacia el interpelador que a punto estuvo de arrollarla, quizá de acariciarle la cabecita. No soy una niña. Uy, perdón, se disculpa desde arriba. ¿Le ha dado vergüenza? No, ha sentido miedo. Los enanos dan miedo porque tienen fama de degenerados y mucha mala leche. 
Para distender la indignación, la enana entra en un bar de copas y se bebe un vaso de gin-tonic que en sus manos parece enorme. Lo bueno es que sale barata. Y además, cuando el alcohol le provoca aquellas risas estridentes que surgen desde allí abajo, a la enana le da por subirse a la barra y bailar allí su canción preferida: Chiquitita. Ah, sí, así le dijo aquel novio que tuvo por una noche y que la dejó con el vaso encima de la cabeza.
Meta cantar Chiquitita hasta que se topa cara a cara (recordemos que estaba de pie en la barra) con un tipo bastante colocado. Nariz grande, desgarbado. La enana abandona el baile y se lo queda mirando.
Si parece una niñita, oh, qué tierno. Una niñita que no debería estar aquí, por otro lado. Una niñita mala, mala. Te pondría un collar como a un pequinés. Digamos que la enana resopla, pero no le apetece enfadarse de nuevo. Le sigue el juego y ladra un poquito. Así, si se deja, podrá besarlo. Casi, casi... hasta que se acerca otro tipo. Parece que son amigos. Al rato se entera de que son escritor y editor. Le cuentan que han venido a ligar cada uno por su lado pero que al encontrarse aquí se han sentido cohibidos. Vaya fastidio. Han evaluado ligarse uno al otro, pero antes de eso el editor ha vuelto a insistir con la entrega del último capítulo de la novela, amenazándole con negarle anticipos. Por supuesto que el asunto les ha cortado el rollo. Además, se explica el editor frente a la enana, el abogado está furioso y el contable se niega a presentarme la renta, ¡y todo por tu culpa! (Le gusta hacerse el pobrecito.) El otro aprovecha para soltar la cantinela de siempre: No lo encuentro. Lo perdí. No sé si podré volver a escribirlo. Y no empieces de nuevo, que voy a llorar. Además te ruego que no me avergüences delante de nuestra nueva amiga. ¿Qué va a pensar de todos nosotros? Yo en su lugar dejaría inmediatamente de comprar libros.
El editor le da la razón, pero sigue preocupado. Utiliza la palmadita en la espalda y le dice: Cualquier idea es buena para un capítulo. ¿Ah, sí? ¿Cualquiera? Cualquiera. ¿Qué tal si el escritor le corta el brazo al editor?
Se ríen. La enana también. Entonces la miran otra vez. La enana hace una reverencia de lo más teatral. Eso les encanta y la aplauden enternecidos.
Le preguntan a ella si se le ocurre algo. Ya se sabe que los niños suelen abundar en imaginación. Ella les dice que no es ninguna niña sino una enana y que ahora no está para cosas serias. ¿Una enana? El escritor se sorbe un hilillo de baba. El editor lo mira de reojo y al poco se frota las manos.
Claro, cosas serias, retoma el hilo el editor. ¿Cosas serias como cuáles?, quiere saber el escritor. Cosas serias, o al menos que te muestren algo distinto. Bueno, dice el escritor que ha encontrado un porro en su bolsillo y al que le está dando caladas, eso es dificilísimo.
Dicho lo cual, se sobresaltan. El editor está sorprendido: Es la primera vez que te escucho decir algo semejante. El escritor está de acuerdo y, orgulloso, sonríe. Después toma una pose de suficiencia para acentuar la trampa. El editor sabe que esas trampas le hacen ganar dinero, pero así y todo se pone furioso.
Es el turno de la enana para aplaudir.
El editor sigue enfadado, y más después de los aplausos. Se siente un poco estúpido, sobre todo cuando comprueba que el escritor sigue visiblemente satisfecho. Y lo conoce demasiado. Su mirada de escritor es bien intensa cuando le pasa el cigarrillo. El editor da un par de caladas sosteniéndole la mirada y al poco se lo apaga en el brazo.
¡Cabronazo!, ¡un poco más a la izquierda hay un cenicero! ¡Estúpido engreído cagatintas sadomaso: pero si te gusta! ¿Me gusta? ¿Qué me gusta? ¿Crees que me gusta?, lo increpa acercándosele tanto que el otro empieza a temblar de gusto. ¡Ya vas a ver lo que me gusta! Entonces empieza la persecución. En una de las vueltas el escritor encuentra un cuchillo. El otro se ha hecho con un extintor. De tanto en tanto echa espuma sobre la gente, que sigue bailando sin darse cuenta.
Ahí la enana se percata de que debe huir de inmediato. De golpe comprende los homenajes, las gracias, los cumplidos por su baile, la farsa al completo. Se baja de la barra, corre hasta la entrada y se los encuentra franqueando la puerta a los dos. El editor ha perdido un brazo y sangra copiosamente; el escritor empuña el cuchillo mientras se la queda mirando.
La enana titubea. El escritor vuelve a sorberse un hilillo de baba. El editor está impaciente: lo esperan en casa. Aquello de medirse uno al otro parece durar una eternidad. Tendrá que ser ágil para alcanzar la puerta. O engañarlos: no se le ocurre mejor cosa que morderle la pierna.
¡Enana rabiosa!, aúlla el escritor al ver las estrellas. Suelta el cuchillo, que va a clavarse justo en su cabeza y muere en el acto.
El editor tiene ganas de aplaudir, pero le falta un brazo. Mete la mano sana en el bolsillo, le entrega un cheque generoso como adelanto y le dice que para capítulo final es perfecto. Se despide llamándolo cabrón adorable y dándole una palmadita en el trasero.
El escritor alza a la enana, registra sus bolsillos, encuentra las llaves de su casa y no pierde tiempo en irse allí con el cadáver. De camino le quita el cuchillo de la cabeza y lo deja caer a la calle.
El apartamento le parece agradable. Le riega las plantas. Se fuma un par de porros mientras termina de escribir la página. Prepara el paquete: la enana, un bonsái recién regado y el último capítulo. Fantasea con lo contento que se pondrá el editor cuando lo abra. Cuando perciba el perfume del diminuto naranjo. Se emociona y suelta algunas lágrimas (es proclive al llanto).
El apartamento le parece cada vez más lindo. Decide que se quedará allí todo el fin de semana. Los muebles son algo bajitos, pero mejor, así hará ejercicio. Enciende la radio. Suena Chiquitita. La canción está de moda y para colmo es pegadiza. La canturrea apenas, pero la enana está escuchando y sale de la caja. No tiene buen aspecto.
Debe de ser zombi, se dice el escritor. O se acaba de convertir en vampira antropofágica y está muerta de hambre.
La enana asiente y empieza a mordisquear; al poco ya ha acabado con una pierna. Después le pide que se quite el calcetín: los hilillos del otro se le han enganchado entre los dientes. Lástima que el banquete se interrumpe con un telefonazo. El escritor se disculpa y atiende. La agente literaria reclama su parte, alude al contrato, arguye que fue ella quien vendió la novela. El escritor le contesta que está inmovilizado y que será mejor que venga ella. La otra dice que está junto a la puerta, no iba a esperar que se escape.
La enana la deja pasar. El escritor le señala el muñón justificándose, y acto seguido el cheque que está en la mesa. La agente se agacha para agarrarlo, lee la cifra, babea. ¿Se quedará hasta el final? No, no tiene tiempo. En realidad no le importa cómo acabará la novela: no acostumbra leerlas. Dice que irá al banco, cobrará su porcentaje y le enviará otro cheque con sus correspondientes honorarios. El escritor no tiene más remedio que aceptarlo. Y en cuanto se cierra la puerta, la enana se pone un babero.


[Del libro de cuentos Tangos en prosa, Valladolid, Agilice Digital, 2014]

No hay comentarios:

Publicar un comentario