Tirso de Molina y los amantes del toilette : rumiar la biblioteca

lunes, 20 de mayo de 2013

Tirso de Molina y los amantes del toilette


(variación post-bebopfeaturing Eric Dolphy)


Una discoteca. A la cola del toilette.

—¡Eh, sombra fría; que estoy yo primera! ¡Ah… te conozco! ¿A qué has venido ahora, justo cuando salgo con otro?
—¿Sombra me llamas?
—Dime acaso si esto no es hacerse la sombra, Marcelo, reencontrarme a la puerta del toilette. ¿Es que te arrepientes de algo? ¿Quieres ahora confesar tu amor? ¿Ya no te gusta la libertad el espacio el rincón para tu sillón con tus discos y tus pensamientos y ese viaje tan largo y el silencio de no tenerme todo el día hablando?
—¿Quién dijo todo eso?
—Tú. ¿Ese no es Eric Dolphy?
—No creo. Eric Dolphy tiene en la frente un chichón. Además, y no cambies de tema, yo dije que mejor nos dábamos un tiempo. Yo dije que mejor nos dábamos más espacio y más días soleados sin hablarnos y sin vernos y conversando con los demás de las cosas que nunca saldrían en nuestras idénticas conversaciones de todos los días y el desayuno en el pasillo de siempre con tus tostadas quemadas…
—Yo, las tostadas; tú, el demasiado café. Y es Eric Dolphy con cicatriz. Después del chichón... escúchalo... ¿recuerdas? El pasillo de casa, el pasillo Eric Dolphy…

El jazzman sale del toilette.

—Dulce mi flauta, enternecedora de sierpes, provocadora de pasiones altas, o si prefieres, nena, el nervio levemente afónico de mi clarinete bajo, vigor y tensión, fibra de vidrio inquietante y…
—… y qué más da, si el café si el té con leche si las tostadas con tomate si con mermelada y el zumo de naranja por lo general con poca naranja, como siempre tan tacaña, pero igual extraño tu cuello y la sábana, esa banalidad ridícula de Teruel, adoro la insensatez de la última vez cuando caí muerto frente a ti como la sombra que a tus ojos parecía… ¿A quién se le ocurre morir frente a su amada? Tirso debería hacérselo ver.

El jazzman sigue camino.

—Sí, soy yo, con mi indestructible metal vibrátil escapando detrás de mí, o a mi lado, o más bien justo delante como un irónico aliento de sonido old-jazz Duke Ellington, parodia inquietante bien aprendida de Mingus, ¿no toqué con él? Me extirparon el chichón y me creció la vanguardia que luego los críticos tildaron de incipiente free jazz. Me pareció la mejor opción dejándome crecer la barba.

Isabel, dirigiéndose a Marcelo.

—¡Ahora se digna cambiar las sábanas!
—No, no, no me entendiste, no me explico bien, siempre me pasa eso de que digo una cosa y tú la entiendes al revés, las sábanas son las mismas desde el mes pasado, no las cambio porque me gusta saber que estabas ahí conmigo en Teruel, porque me gusta o no me gusta o me encanta más bien sufrir a lo varón, ya sabes qué te digo, cuando no estás es lo mejor, saberme frágil porque me dejaste pobre víctima de tu crueldad mujeril y todas son iguales y… apártate, déjalo pasar, ¡ah!, ¡nos saludó!… Parece simpático, ¿no?

El jazzman se aleja.

—Ya debe oler feo. Las sábanas, digo, y no quiero desilusionarte pero fue a mí a quien saludó. Ah, por Dios, se cuela otro (y no es músico).
—Es cierto. Pero ese estaba primero. Por lo demás siempre se cuela todo el mundo.  ¿Quién era ese tipo con el que bailabas?
—Gonzalo, el burgués. El que habló con mi padre, el que se interesó por mí. El de perfume caro y liceo francés y auto impresionante y cenas de lujo y viajes a Niza y a Mallorca y hoteles con espejos y cervecitas en el Cap de Creus después del chapuzón en esa cala adonde tú nunca quisiste venir porque sueles proyectar la tacañería tan propia de ti.
—Cuánta banalidad. Me voy a morir. Apiádate de mí.
—No irás a morirte otra vez. Aunque me da lo mismo: el eterno retorno de lo mismo.
—No puede ser.
—...
—Di algo.
—No será lindo lo que voy a decir.
—Tú no eras así. Tan insensible. Dame un abrazo.
—¿Insensible? ¿Entendí bien? Si te estuve esperando e incluso llorando cuando Gonzalo metiéndome mano bajo la mesa y casi quitándome las medias en plena cena en ese restaurante caro allá en el reservado mientras esperamos las ostras y él enganchando su pulgar, haciéndolo reptar por donde la humedad y rozándome presto a saborear justo cuando el plato con las ostras en la mesa, vaya mariscada, y la humedad se me sube a los ojos y confundo el despecho con el desahogo y me afloja las comisuras de los labios porque ya sé lo que viene después, más tarde en el ascensor mientras sigo fumando y disfruto porque ya perdí memoria. No me mires así.
—¿La Amada? Tirso, esfúmame de aquí. Ahora me siento un poco, un poquito, mejor me recuesto en el suelo un momento, un ratito de nada, ah, Isabel, Isabel…
—Levántate, que viene Gonzalo y no quiero…
—¡Que se joda!
—Oh, Marcelo, estás del todo borracho, deja de simularte el dormido, de roncar… ¡Siempre haciendo el paripé!
—¿Qué pasa aquí, Isabel? Te traigo un trago. ¿Ese no es…?
—Desde luego que sí. Será mejor que llamemos un taxi. ¿Has visto a Eric Dolphy salir? Aunque no sé si lo conoces, el de barba y cicatriz.
—Ni idea, estuve entretenido en la barra pensando en ti.
—Pues ahora regreso, que aún no he entrado al toilette.
—¿Y con este qué hacemos? ¡Marcelo! Date prisa, Isabel, a ver si mientras tanto lo despierto. Parece bien dormido. Y pálido como un papel. Madre mía, qué es lo que ella te ha hecho. Tranquilo, amigo. Eso es, con cuidado. No te preocupes, yo te llevaré a casa. Dejémosla, después la llamaré, ya se sabe que una mujer se está un buen rato en el toilette.


[Del libro de cuentos Tangos en prosa, Valladolid, Agilice Digital, 2014]



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